55. Stays in Montevideo

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Lunes a la noche, camino entre una niebla tan espesa que hay que irse abriendo camino agitando los brazos. Lo repito: al lado de la niebla de Montevideo, la porteña no tiene nada que hacer.

Llego al apartamento y escucho al pasar que C. -la dueña- le cuenta a la niñera que está negociando con alguien de yanquilandia para que le compren el guion que está escribiendo con las circunstancias que atravesaron su ajetreada vida (esto lo sé por cosas que fui pescando al vuelo durante todos estos meses en Vázquez Ledesma). Afirma que hay chances de que se vayan todos –niñera incluida-  a Los Ángeles en octubre (?) y empieza a gritar “¡Hollywood! ¡Hollywood!” cual si estuviera en éxtasis místico. De repente todo es una fiesta, y yo no entiendo nada.

Tal parece que Dios nos cría a las que escribimos sobre nuestras vidas y el viento Pampero nos amontona.

Y quizás American Airlines vuelva a separarnos, no lo sé.

…………………….

Noté muchas cosas al editar los primeros 50 textos del blog, pero una de las más notorias fue la fuerte presencia de la música en mis textos. Al menos en la mitad de ellos hay referencias musicales; por ejemplo, o el título es una canción o parte de su letra o una alusión a ella. Creo que es una especie de homenaje a la música, una de las terapias más baratas, efectivas y al alcance de casi cualquier ser humano que hay en el universo. Terapia que me ha salvado de ir a ahogarme en la playa Ramírez durante muchas noches de esta solitaria experiencia.

Martes a la mañana, compruebo una vez más hasta qué punto los gustos musicales definen a un ser humano. Y me atrevería a decir que lo que la música separa, no puede ser unido por nadie. Caso testigo: él y ella, mis compañeros de trabajo (sí: al cierre de esta edición seguimos trabajando todos… todavía).

Ella es tan Joan Jett, él es tan Teto Medina. La incompatibilidad musical absoluta unida de forma pura y exclusiva por los 90 centímetros que hay entre dos escritorios.

……………

No la paso bien en el trabajo, no tengo un peso, estoy sola. Cada vez me estoy planteando más seriamente que -tal vez- la solución en mi caso es ir al casino, porque toda esa suerte que no estaría teniendo en otros aspectos de la vida quizás esté agazapada esperándome entre croupiers y maquinitas tragamonedas.

O, por ahí, tenga que buscar una buena mesa de póker. Una en serio, donde no se dirima quién paga la picadita del domingo, sino donde se hagan apuestas fuertes. Y arriesgar a todo o nada.

Lo estoy considerando porque he tenido que poner mucha cara de póker desde hace un par de meses y muy especialmente la semana pasada. De tanto adoptar ese gesto, una empieza a incorporarlo. Cuando esa expresión está enmarcada por un pelo largo y rubio, la asociación es perfecta y el efecto es doble.

Quizá deba empezar a capitalizar el poder de mi salvaje cabellera blonda. Hay una cosa curiosa de la naturaleza humana que noto más que nunca en Montevideo (dado que en Buenos Aires es mucho más común) y es lo llamativo de una melena rubia. Yo, que no me caracterizo por ser voluptuosa y que por lo general voy tapada de pies a cabeza porque vivo muerta de frío (entre otras cosas), lo sé bien.

Es por ella que recibo bocinazos y que me gritan las cosas más diversas, desde el creativo “rubia” hasta el atrevido “pedime lo que quieras”. Pobre del próximo que me grite esto (si es que eso ocurre). Capaz que le encajo la lista del supermercado con todo lo que necesito. Ahí te quiero ver, cariño.

…..

Martes a la tarde, mi presente es tan indefinido como el paisaje brumoso que nos ofrece Montevideo y que en minutos veré desde un edificio “haut de gamme” en la rambla de Malvín. Pero, por un día más, lo que pasa en Montevideo, se queda en Montevideo. Yo y algunas de mis historias incluidas.

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