47. I don’t care (I love it)

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Cada viernes, sea cual sea mi situación del momento en esta ciudad, poseo una certeza: sé que tengo comida asegurada gracias a la existencia del puesto de galletitas brasileras de la feria de la calle Berro (13 pesos las dulces y 10 pesos las saladas). Por 23 pesos sé que puedo comer todo el día.

Esta mañana, entonces, me aseguré mi comida de hoy y -unas horas más tarde- cobré mi sueldo. Pero esa suma de dinero, por el momento, no me alcanza ni para pagar el alquiler, así que mi situación sigue siendo un tanto complicada.

La vida genera actos de ironía tan sincrónicos y perfectos que justo en ese momento veo pasar a un chico de Carrera cargado de paquetes para dejar en el edificio de al lado. Me imagino el contenido de esos paquetes y sufro.

Me pregunto qué voy a hacer el fin de semana, pero mi compañera de trabajo (muy generosa) se ofrece a prestarme dinero. Lo hace, pero no puedo depender de préstamos de personas a las que apenas conozco. Después de una larga historia de espera y de desencuentros varios, necesito YA mi tarjeta de crédito.

La persona que la tiene me dice que a las 13.30 estará en Tres Cruces.

Y yo, que no sé si puedo salir tan alegremente de mi trabajo a esa hora (somos dos y siempre tiene que haber alguien en mi oficina), me pregunto qué voy a hacer.

Finalmente el tema se resuelve y logro ir. Llego al punto de encuentro, el mostrador de COT. Pero el reloj marca las 13.31 y la persona a quien espero no está. Le mando mensaje y me dice “llego en 10”. Me imagino que esos 10 se van a convertir en 15 o en 20 y que, por lo tanto, voy a llegar con ese mismo retraso a mi trabajo.

Y en esos minutos eternos de la espera comienzo a odiar intensamente a esa persona que no recuerda mi situación de hormiga obrera y parece ignorar que estas demoras me causan complicaciones. Lo odio con ganas, hasta que aparece, me abraza y –por supuesto- me olvido de todo. Me abraza como si hace mucho tiempo que no nos viéramos (hace mucho tiempo que no nos vemos).

Él está atravesando un momento delicado que me recuerda a muchos que atravesé yo, y a tantos otros que atravesamos juntos. Pero no tenemos mucho tiempo para el diálogo y él me entrega eso que yo tanto necesito: mi tarjeta de crédito, compañera de tantas aventuras y desventuras. Ah, si esos centímetros de plástico fino y desgastado pudieran hablar.

No sé si por ese reencuentro digno de final de telenovela brasilera entre santa visa y esta servidora, o porque él me pregunta cómo estoy y en treinta segundos hablamos de temas muy personales, pero me emociono. Porque, después de todo, detrás de una cierta producción, un cierto alto perfil (casi cualquier argentina en comparación con una uruguaya parece tener un perfil alto) y una serie de armaduras varias, sólo hay una canceriana hipersensible.

Que, como buena hija de la luna, puede mostrar mil y una caras pero siempre deja en penumbras una esencia perdurable, misteriosa e inasible. Y que, en estas circunstancias, lo único que necesita es poder hablar con alguien que la comprenda y pueda entender cosas que los seres más racionales (o normales) jamás podrán entender.

……

Otro encuentro fugaz en mi vida montevideana y, cinco minutos después, estoy nuevamente sola y en el 71 – Pocitos rumbo a mi trabajo (al que, por supuesto, llegaré tarde).

Y pienso en todo eso que conté, y en lo que me dijeron, y se me caen dos lagrimones. Pero me los seco rápido y nadie los ve. Sólo queda un leve rastro de humedad que se funde con la neblina ambiente. Y en Montevideo la niebla es niebla; la porteña, en comparación, no es más que una versión light y desangelada.

Vuelvo a pensar en los temas acerca de los que hablé (esta vez tratando de no llorar) y me digo a mí misma que, en el fondo, lo que sucede es que debo amar esta forma de vida y no me importa pagar las consecuencias que ella conlleva.

Ni yo me lo puedo terminar de creer. Pero, tal vez, esas palabras –aunque estén escritas en la cara oculta de la luna y desde mi lugar me resulte imposible verlas-  forman parte de esa esencia perdurable, misteriosa e inasible a la que incluso a mí misma me cuesta acceder del todo.

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