46. Mine de rien

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Medianoche del 29 de junio, la porción de torta de Carrera que se ve en la foto, las velitas que se derritieron antes de poder hundir en ella la cuchara y un brindis solitario con un medio y medio de Irurtia. Esa modesta y pequeña porción de torta me salió más cara que la bebida, pero fue una fiesta en sí misma. Larga vida a los pasteleros de Carrera y a los fantasmas que –según cuenta la leyenda- habitan su casa central. Quizás ahí esté el secreto de lo irresistibles que son esas combinaciones de grasa y azúcar en proporciones desmedidas.

Un día de cumpleaños es, en mi experiencia, un día ambiguo. Con palabras, pero también con silencios. Con recuerdos, pero también con olvidos. Con frases que no son pronunciadas, pero que se escuchan igual (se desprende de posts anteriores que tengo amplia experiencia en ese tema). Con presencias, pero también con ausencias.

Como digo siempre, a veces la ausencia es la forma más notoria –y a la vez sutil- de la presencia.

………

Tres deseos cuando soplé las velitas descartables compradas en el Disco a diez pesos y tres adicionales en el brindis, porque sólo tres son muy pocos en este momento. El ritual de quemar el papel con las cosas que quiero dejar atrás lo llevaré a cabo este fin de semana.

En realidad, creo que se debería conservar una copia de esa lista, cosa que el año pasado no hice. No tengo el registro exacto en mi memoria de todo eso que quedó reducido a cenizas, de manera que no puedo evaluar el nivel de efectividad del acto. Pero quizás sea mejor hacerlo así y simplemente confiar en que la vida obrará a su modo y despejará de nuestro camino lo indeseable. Llevar un control de esos ítems quizá sea contraproducente: a nadie le gusta que lo controlen y menos que menos al díscolo destino.

Así, sin pretender controlarlo y con la actitud que describe la expresión francesa que encabeza este post, estoy entrando en mi séptimo mes en Uruguay a fuerza de decir “un mes más me quedo” desde enero (si hay una frase que fue mi mantra, es esa). Y como le sucede a casi toda la humanidad en un 31 de diciembre, habiendo atravesado ese punto clave de mi vida que es el 29 de junio, no puedo evitar hacer un balance de lo que fue para mí este año que pasó.

El lunes, de regreso en Montevideo, comencé el día con una noticia muy triste que indirectamente me dejó herida y me hizo recorrer muchos años de mi vida en cinco minutos. Y fue un disparador más de ese balance que está en curso.

Empecé y terminé este año en el mismo lugar, pero en diferentes escenarios. De todos modos, la energía de Punta del Este es igual en cada uno de sus bellos rincones. Una vez más, sentí que amo al este y el este me ama a mí (al menos casi siempre me recibe con días esplendorosos en ocasión de mi cumpleaños). O, como me decía una persona muy querida: el este te sienta bien.

Días (contados) de comidas exquisitas, noches (muchas) de sopa de fideos partidos sin nada que les confiera un poco de sabor. Cruces fugaces, distancias insalvables. Ecos intermitentes de recuerdos lejanos, notas de melodías por momentos dramáticas, por momentos increíbles, que algún día también serán recuerdos. La paradoja de estar en lugares donde no quiero estar para poder estar en el lugar en el quiero estar.

Un balance que probablemente será tema de varios posts, pero acerca del cual hoy no voy a explayarme.

Agradezco mucho a todos los lectores que me enviaron sus saludos y estuvieron presentes, de una manera u otra, en el día de mi cumpleaños.

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