43. El número ausente

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Madrugada del lunes, faltan cinco días para mi cumpleaños. En esta cuenta regresiva más emocional que temporal, comienzan a venir hacia mí una inmensa cantidad de recuerdos y sensaciones. Porque la cuenta regresiva no sólo tiene que ver con la cercanía a una determinada fecha, sino también con una historia mucho más personal.

Más allá de que cumplir años implica –nos guste o no- envejecer, confieso que tengo una absoluta incapacidad para visualizarme a mí misma con, digamos, una década más encima. No puedo imaginarme vieja. No sé cómo sería mi cara con más arrugas ni mi pelo con más canas de las que tengo. Es un ejercicio mental que muchas veces trato de hacer, siempre sin éxito.

Hay un buen motivo para eso, y es que mi calendario de progresión cronológica se detiene en un número: el mismo que encabeza este texto. Y, de una manera muy significativa, he llegado al post con ese número en un momento muy cercano a mi cumpleaños.

No hace falta ser la reencarnación de Freud ni conocer demasiado de psicología para saber hasta qué punto nuestras acciones tienen una gran influencia de nuestros padres. En mi caso, no puedo negar que muchas decisiones que he tomado y sigo tomando en mi vida están relacionadas con mi madre, y con el recuerdo que tengo de su actitud frente a las circunstancias de su vida. Aquellas que eligió, y aquellas que le tocaron en suerte.

Mi madre murió de cáncer a los 42 años. A ella tampoco puedo imaginarla con las huellas del paso del tiempo encima. Tengo la imagen cristalizada de una persona por supuesto demacrada y con la delgadez que entre otros aspectos externos son la consecuencia de esta enfermedad y sus tratamientos. Pero, no obstante eso, de una lozanía serena y luminosa. Una piel casi sin arrugas, una discreta coquetería constante, una mirada profunda y vivaz.

Pero sobre todo –detrás de esa vivacidad- triste, de una tristeza eterna que precedía por muchos años la contingencia de la enfermedad.

Siempre tuve la percepción (y hoy en día, después de unas cuantas experiencias transitadas, la casi completa certeza) de que mi madre nunca fue una persona feliz. Bueno, quizás sí en su infancia y en su juventud. Pero no en el tiempo que nos tocó compartir juntas. Yendo más allá, creo que la mayoría de las mujeres de mi familia no fueron felices. Tengo la teoría de que cuando una persona es feliz –en promedio- con su vida y sus circunstancias, eso a veces se nota, a veces no. La felicidad no suele ser estridente. La infelicidad, por el contrario, sí. Es muy difícil, diría imposible, estar frente a una persona infeliz y no advertir esa situación.

Llevo sobre y dentro de mí años de terapia dando vueltas a esa situación acerca de la que no es relevante ni pertinente explayarme mucho más en este espacio. Lo que importa es que mi conclusión fue, y sigue siendo, que mi madre hubiera tenido al menos la oportunidad de ser feliz si pateaba el tablero y comenzaba una nueva vida. Aun si eso implicaba dejar atrás a su familia y, en consecuencia, a mí.

Puedo estar equivocada, por supuesto. En todo caso, ahora que tengo las herramientas para hacerlo, es algo que ya no puedo discutir con ella. Pero intuyo que mucho de ese dolor que yo percibía continuamente en un segundo plano tenía que ver con no querer defraudar las expectativas de los demás y con abrazar el sentido del deber hasta exceder los límites de lo saludable.

Mi madre no era la clase de persona que abandona todo para ir detrás de un sueño. Pero el precio que pagó por eso fue parecer un alma ausente en un devenir de hechos donde muchas veces lo único que estaba presente era su cuerpo.

O, al menos, así la recuerdo yo. Y en cierta medida construyo mi vida a partir de esos recuerdos y de un dolor que no era más que el reflejo del suyo.

No conocí ese número que nunca llegó a la vida de ella, no puedo imaginarlo en la mía. Por eso, todo, absolutamente todo lo que quiero lograr en mi existencia tiene esa fecha de caducidad marcada a fuego, más allá de que mi deseo y mis acciones se encaminen a trascender ese número.

Ahora que superé los 35 y estoy llegando a los 36, ese número ausente se hace cada vez presente en mi vida, porque 7 años me separan de él y no sé si alcanzan para poder realizar tantos sueños sin cumplir. Siento que ese tiempo que yo misma me fijé –aunque, en parte, más allá de mi voluntad- se está acabando. Y el balance de lo hecho para alcanzar esos sueños es cada vez más implacable.

No sé si todo lo que estoy haciendo ahora para encontrar todo aquello que no encontraba en Buenos Aires me acercará a que dentro de un año el balance sea más satisfactorio. En este momento, todo el golpe de timón dado al venir acá recién está comenzando a alterar la dirección de tantas decisiones anteriores que me llevaban más bien hacia un rumbo opuesto. Pero, a falta de certezas en cuanto al destino final, sé que tengo que ser respetuosa de los tiempos de este proceso. No es momento de interrumpirlo ni de volver atrás, aunque a los ojos de muchas personas –y hasta a veces de los míos- este nuevo rumbo pueda parecer incomprensible.

Por eso, y aunque este cumpleaños me encuentra en medio de un mar que nada tiene de calmo y mucho de embravecido, el recuerdo de mi madre se hace cada vez más presente. Y es como la luz de un faro, ese destello luminoso tan fugaz en medio de un continuo de oscuridad incierta, que me recuerda que lo que estoy buscando se encuentra, quizás, atravesando tempestades.

Pero nunca permaneciendo inmóvil.

Y por eso le dedico estas palabras a ella, a quien a pesar de la inevitable, natural y saludable crítica amé infinitamente y siempre siento presente. Más aún en un momento tan solitario de mi vida.

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10 pensamientos en “43. El número ausente

  1. Ari, a mi me pasa lo mismo… yo tampoco me imagino vieja! Y también me pasa lo de querer romper con la historia familiar, qué gran punto en comun que tenemos amiga! Quiero poder escuchar el día de mañana la canción “A mi manera” y emocionarme de felicidad… pero no es fácil y muchas veces tenemos que sufrir en el camino…
    Doy fe que vos pateaste todos los tableros este año, y tengo fe en que todo va a salir bien y que la vida te va a premiar por todo tu sacrificio.

    • sí lu, sabés que creo que más allá de la historia que cada uno haya tenido, no soy la única a la que le cuesta imaginarme vieja.
      Creo que por diferentes motivos nos pasa a muchos.
      y por lo otro que decís… simplemente gracias

  2. En 8 años charlamos queres? para esa fecha vos tendras 44 y yo 50 ja!
    Toma Flores de Bach!!!!! Star of Bethelehem ayudara a sanar esos dolores

    • jaja decís B? yo tomaba rescue remedy y otras flores también. Quizás debería retomar, sí. en cuanto tenga unos pesos, por ahora se complica. Besos y tomo tus palabras

  3. Muy sentido relato Ariana, estoy seguro que mas se tiene que haber sentido escribirlo.
    Es increíble lo que puede llegar a pesar en nosotros esa mochila que una vez nos pusieron – seguramente sin querer hacerlo – y en la que se encuentra tanta cosa, tanta útil y necesaria y tanta de la otra… estoy seguro que tu mamá mas allà de su propia infelicidad, estaría orgullosa de verte con el timón de tu vida en la mano.

    Besos, Javier (Tatito)

  4. No sigo tu historia, solo he leído notas aisladas, pero me parece que sería bueno que lleves a consciencia que todo lo que hacemos y sentimos son elecciones. La responsabilidad y la obligación no son más que excusas para aquellas elecciones que resentimos tomar, pero no dejan de ser elecciones. El deber no existe. Vos no sos responsable por las decisiones de nadie más que las tuyas propias. No cargues mochilas ajenas… cada uno esta en esta vida para aprender cosas distintas, esa es nuestra mochila.

    • Hola Vicky, gracias por tu aporte. Soy muy consciente, y creo que en cada uno de los posts se nota, de que todo este camino que estoy transitando es una elección… venirme acá, renunciar a muchas cosas por intentarlo, aceptar, un trabajo, renunciar a él… pero a la vez detrás de todas esas elecciones hay una historia que ni siquiera leyendo el 100% de los posts se puede conocer del todo… y es un poco una mochila para mí, muy difícil para mí sacármela del todo, a pesar del tiempo transcurrido, los años de terapia, etc. De todas maneras, este es para mí un ejercicio de mi libertad. Y entiendo tu punto y te lo agradezco. Un beso

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