35. Soltar el ladrillo

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Miércoles, casi 3 AM. Esta viene siendo una semana intensa, no me puedo dormir.

Y debo hacer una confesión que sonará extraña: extraño mis tres semanas de vértigo laboral. Extraño la interacción social intensa que ya no tengo (al menos por el momento). Y extraño los ingresos de tener dos trabajos, también.

Y creo que por sobre todo extraño el hecho de que, cuando tu mente está pasada de revoluciones, la fuerza centrífuga de ese movimiento expulsa preocupaciones que tal parece que, ahora, han encontrado las condiciones propicias para volver a instalarse dentro de mí.

En otro orden de cosas,

finalmente le escribí mail a mi ex jefa, la señora G. En él, en síntesis, le expresé el agradecimiento declarado en mi post anterior. Y no me privé de dar mi visión acerca del comportamiento de su subordinada, la señora S.

No fui irrespetuosa, pero tampoco piadosa (y no tengo por qué serlo). Tal lo esperable, la señora G. no emitió opinión sobre ese particular.

Lo que sí me respondió es que le daba mucha pena mi partida, pero que la situación en Buenos Aires la estaba matando (palabras de comerciante, pero la respeto). Que había dado las mejores referencias sobre mí. Que me deseaba lo mejor. Y que estaba a las órdenes.

En fin, como la conozco y sé que perfectamente podría haber actuado de otro modo, valoro mucho sus palabras, porque las sentí genuinas. Y me siento en paz en lo que respecta a ese tema, porque la única persona con la que me interesaba aclarar los tantos acerca de mi partida era con ella. No me gusta terminar mal con un ex, no voy a terminar mal con una jefa.

Como decía una amiga mía en una manera de expresarse muy directa y a la vez polisémica: hay que soltar el ladrillo.

Me lo dijo muchas veces (se ve que yo necesitaba aplicar en mi vida la sabiduría de esa frase) y la que escribe, cual pequeño saltamontes, le preguntaba cuál era el sentido de esas palabras y de qué manera podía soltar el ladrillo. Como buena amiga que era, nunca me dio una respuesta, sabía que la iba a encontrar por mí misma.

Al final, me decidí a soltar ese famoso ladrillo y cuando cayó lo hizo sobre mi pie y me hizo ver las estrellas –del dolor, por supuesto-. Una siente que nunca va a poder volver a caminar y, en cierto modo, la caminata nunca será la misma: nos damos cuenta de que, como dice cierta canción, nuestro andar ya no es igual.

Pero esa es otra historia, y algún día terminaré la novela donde la cuento.

Es impresionante la capacidad del ser humano para aferrarse a situaciones que le infligen dolor. Quizás porque sabe que el momento de salir de esas situaciones va a ser –en el mejor de los casos- igualmente destructivo que el dolor de la permanencia, que por lo menos ofrece la seguridad de lo conocido. Y los que finalmente nos decidimos a hacer girar esa llave que siempre estuvo en la cerradura sabemos que la instancia de cruzar la puerta es más que un momento de dolor: es una pequeña muerte.

Lo bueno de estar vivos es que  ninguna de esas muertes nos mata del todo. Y que ese ladrillo que ayer nos destrozó el pie, hoy puede ser la base de una construcción donde –en una de esas- nos parece que podríamos sentirnos como en casa.

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