33. Son buenas

Qué sabia que es algunas veces la vida, te envía los temas acerca de los cuales escribir en el orden cronológico justo.

Bueno, yo misma lo dije: el río sabe.

……

Viernes, 5.30 pm. Camino por Ellauri, me dirijo a Punta Carretas a visitar a mis ex compañeras de trabajo. Voy escuchando música en el celular. La música se interrumpe, el celular suena.

Veintidós horas antes de ese momento, estaba –justamente- también en Punta Carretas, con esas mismas compañeras a las que estoy yendo a ver: S., N. y A.

A S. no la veo desde hace bastante tiempo. Me saluda muy entusiasta y me dice que ella me había avisado lo que iba a pasar con ese trabajo. Y sí, me lo había avisado. Igual, me caen muy mal los “te lo dije”, pero no voy a comenzar una discusión por eso. Le digo que mejor así. Que, más allá del desempleo, no estoy nada triste de no seguir formando parte de esa rutina laboral a mi criterio bastante desprolija y altamente perfectible.

Pero lo más interesante es lo que me dicen N. y A., que estuvieron haciendo un poco de espionaje cibernético.  Resulta que, a través de la lectura de mails, se enteraron de que la decisión de no renovarme el contrato fue de la subordinada S., no de mi jefa principal –la sra. G.-, que se desayunó con la decisión de S. estando de viaje.

Ajá.

En realidad, me confirman algo que yo ya intuía y es que la sra. G no tenía problemas puntuales conmigo. El problema, es evidente, era de S. Pero era mutuo, una bomba que en algún momento iba a detonar. Y, a la luz de los hechos y de cómo me siento lejos de ese lugar, mejor que haya sido así. No me hubieran alcanzado todas las cintas rojas Cordón de Oro del universo para neutralizar la ya indisimulable mala onda de S. para conmigo.

Ante la confirmación de mis sospechas, decido que voy a enviarle un mail a G. para contarle MI versión de los hechos, ahora que las aguas se han calmado un poco. Nunca me fui mal de ningún trabajo y no quiero caerme del caballo a esta altura de la jineteada; prefiero que las cosas con G. queden en buenos términos.

De manera que el jueves vuelvo a Vázquez Ledesma con toda la intención de escribir ese mail, pero la urgencia de la búsqueda laboral se impone y esa carta queda en el tintero virtual.

Lo que sí respondí ese día más temprano fue un mail de la consultora que me contrató para ese trabajo, preguntando qué había pasado. Como es obvio que ya contaban con la versión de la otra parte, me despaché con la mía, que incluyó una breve pero sentida reseña de las peripecias de mi experiencia de trabajo en la empresa en cuestión.

……

Viernes a mediodía, tengo una entrevista en Pocitos, y lo pintoresco es que es gracias a un lector del blog, a quien no conozco personalmente. No tengo idea del rubro de negocio, nunca realicé las tareas que se espera que la persona que resulte seleccionada desarrolle. Sin embargo, por algún motivo a mis ojos misterioso, el lector tiene confianza en mí y me dice que son cosas que perfectamente podría llevar a cabo.

Un par de horas más tarde, estoy en mi habitación. El wi fi no funciona, NUNCA funciona acá. Me resulta divertido porque cuando volví de Buenos Aires, la dueña del apartamento me dijo (me perjuró, me garantizó) que los problemas de conexión ya eran parte del pasado.

Ajá.

A veces me obstino y soy capaz de quedarme dos horas apretando doscientas veces “Conectar” hasta lograr una conexión de cinco minutos. Pero ahora, que tengo que escribir varios mails urgentes y enviar CVs también con urgencia, agarro mi computadora, cruzo la terraza (siempre mirando para abajo cuestión de no ver ningún paseo de ratas por la medianera) y me instalo en la cocina.

Mi computadora, la pobre. La batería ya no carga y el cable del cargador ya no se conecta bien; tengo que sujetarlo con una hebilla de esas con forma de pinza y moverlo hasta que se forme la pareja electricidad – circuitos. Es una labor artesanal que requiere mucha, mucha paciencia. E incontables veces me ha pasado estar escribiendo en la cúspide de la inspiración y, en el calor creativo, darle con entusiasmo de más a alguna tecla, destruyendo en un segundo ese precario equilibrio y generando el apagado instantáneo de esta baqueteada máquina (espero que en este caso no aplique eso de que las cosas se parecen a sus dueños).

Y así fue como perdí muchos, muchos textos (lágrimas de congoja). Que nunca, nunca podrán ser reescritos de la misma manera.

Bueno, volvamos a la cocina. Bastante deprimida porque el desempleo me pesa y mucho, escribo, envío mails y decido que es el momento de ir a visitar a mis ex compañeras.

……

Viernes, 6.30 pm. Estoy en Punta Carretas, charlando con S., N. y A, que me cuentan que la sra. G. estuvo esa tarde con ellas y estuvo hablando de mí por teléfono. Y, aunque el mail que le iba a enviar a ella no fue escrito aún, lo sorprendente es que sus palabras fueron buenas y elogiosas.

Viernes, 5.30 pm. Camino por Ellauri, me dirijo a Punta Carretas a visitar a mis ex compañeras de trabajo. Voy escuchando música en el celular. La música se interrumpe, el celular suena.

Me preguntan si el lunes puedo empezar a trabajar, en ese lugar donde hace seis horas tuve una entrevista.

….

Sábado, el sol brilla (literal) sobre Montevideo, después de una seguidilla de días bastante grises. En un momento de delirio, pienso en irme a festejar a Buenos Aires. Total, el pasaje me puede llegar a salir más barato que un buen festejo acá, tomando en cuenta los precios uruguayos. También pienso en irme a pasar el día a Punta del Este.

De todos modos, soy realista y me doy cuenta de que quizás este no sea el trabajo para mí. Pero, incluso en el peor de los casos, saldré por unos días del mundo del desempleo. Y se abre ante mí el panorama de poder quedarme, por lo menos, un mes más.

Por eso, para mí, estas novedades son buenas. Y merecen un festejo. Pero creo que estoy más cerca de festejar con un choripán de la feria del Parque Biarritz que con aquellos planes delirantes.

De hecho, me basta con cruzar la calle.

Y creo que eso será lo que haré.

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