30. Y comieron perdices

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Lunes, otra vez.

Salgo del edificio y una señora muy monona me dice en el palier: “¿Tú eres María Antonieta?”.

Ah, me encantó. Lamentablemente no, señora vecina. Pero un nombre tan de telenovela no le vendría mal a mi vida de este momento.

Voy a cobrar el cheque de la liquidación. Resulta que el banco donde lo cobro está en la esquina y no debo siquiera cruzar la calle, resulta que el seguridad de la puerta me saluda muy amablemente, resulta que el cajero es gentil y de muy buen ver, resulta que en menos de dos minutos cobro el cheque y estoy afuera (también resulta que lo cobro porque estoy desempleada, pero la perfección no existe).

Pero lo mejor de todo es salir sin que me asalte esa sensación de inseguridad que ya naturalizamos en Buenos Aires. No es que acá no puedan existir “salideras”; no obstante, en general no se vive con esa paranoia. Al menos en la serena Villa Biarritz.

Si bien este dinero deberá ser destinado al alquiler que me toca pagar en pocos días, debo hacer uso de una parte porque ya no tengo plata para comer. Y algo tengo que comer.

Lo que gaste, deberé reponerlo con lo que me den en el trabajo nocturno.

Y es un buen momento para contar algo acerca de ese trabajo del que hace varios días vengo diciendo que voy a hablar.

Hace aproximadamente un mes y medio, hubo un día de lluvia torrencial. Era un viernes; tenía franco en mi trabajo diurno pero tenía la entrevista para el nocturno, así que tenía que salir de todas maneras. No tenía paraguas (sigo sin tener, porque no me traje del último viaje), no tenía impermeable, no tenía botas de lluvia.

Lo que sí tenía era la obligación de salir de todas maneras. Y la tenía porque hay una pequeña historia detrás de esa entrevista a la que debía acudir. Una historia en cuya trama se encuentran una persona muy solidaria a la que le tengo mucho cariño y otra a la que, si bien no conozco personalmente, le debo mi gratitud por su ayuda tan generosa como desinteresada.

Gracias a esas dos personas, yo había sido convocada para esa entrevista. El lugar al que me dirigí no queda lejos de donde vivo pero, de todas maneras, cuando crucé la puerta de mi entonces futuro trabajo parecía recién salida de nadar en el río (con ropa, por supuesto).

Creo que esa imagen le debe haber dado un poco de lástima a la persona que me entrevistó, quien me ofreció comenzar esa misma noche, sin renunciar a mi trabajo diurno como para que pudiera decidir cuál me convenía más y si podía adaptarme a este. Que, sin duda, no tenía nada que ver ni con mi formación ni con nada que hubiera hecho hasta el momento. Ni de cerca.

Finalmente comencé al día siguiente y reconozco que durante la primera semana me sentí muy perdida. El grupo de trabajo era mixto y numeroso. Y yo, que siempre tuve mucha empatía con las mujeres en general, y que siempre había trabajado en ambientes en su mayoría muy femeninos, me topé con dos situaciones: a) casi todas las mujeres de ese lugar me hacían un cierto vacío mientras que b) casi todos los hombres me trataron bien desde el principio.

Y así fue como descubrí una cosa, y reafirmé otra. Descubrí cuánto mejor puede ser trabajar con hombres que con mujeres. Y reafirmé que, por lo general, cuando una mujer tiene una cierta cuota de poder –y una personalidad de base algo sádica- lo usa mal, en especial en lo que respecta al trato hacia otras representantes del género femenino. El caso paradigmático de esto es mi trabajo diurno, pero también pude constatarlo en el nocturno.

No digo que todas las jefas sean así, pero creo que hay ambientes que se prestan más que otros para que eso suceda. Y quizás justo me tocó estar en dos escenarios que estimo que favorecen esos comportamientos.

Por suerte, además de mis compañeros hombres, en el trabajo nocturno tenía también jefes hombres que me trataron muy bien.

Y reconozco que aprendí muchas cosas en ese trabajo. Por ejemplo, que en el universo musical existen dos canciones que están en las antípodas de lo que escucho habitualmente y que no hubiera conocido jamás de no ser por esta experiencia. Una de ellas dice “¿qué pasó con el que te dijo que te amaba?” y la otra, “el pollito pío, el pollito pío, el pollito pío” (ok, ahora sé que eran conocidas, pero juro sobre este querido diario de viaje que nunca las había escuchado).

Ambas tienen, por lo menos, tres puntos en común:

1) Se trata de letras pajareras (o pajaronas). Según la primera, a alguien le pintaron pajaritos en el aire. En el caso de la segunda, un pollito es simplemente una versión un poco más terrenal de un pajarito.

2) Nos dejan mensajes didácticos y aleccionadores. La de los pajaritos en el aire nos enseña que “en las relaciones toca sufrir a veces”. La otra, que el perro hace guau guau, el gato miau miau, la paloma ru ru y el pavo glu glu glu (esto último no lo sabía, todos los días se aprende algo nuevo).

Y el pollito, pío. Claro.

3) Nos recuerdan que, a menor calidad musical de una pieza, mayor será su capacidad de instalarse en nuestras neuronas y reproducirse más allá de nuestra voluntad. Es así como continuamente se me aparecen imágenes de pajaritos saltando al ritmo de una u otra canción. Y lo peor es cuando se me pegan en simultáneo.

En fin, también aprendí otras cosas en ese trabajo. Pero seguiré hablando de él en algún próximo post.

No seré María Antonieta (quizás por suerte si se trata de recordar finales), pero hoy me siento como reina de cuento de hadas que tendrá un día con final feliz. Por eso y por seguir la línea musical, entre otros motivos menos evidentes, el título del post.

Le debo la experiencia a haber cobrado el cheque y a, en consecuencia, haber podido comprar el chocolate que ilustra este texto. Esta noche, me voy a tomar una gloriosa taza de chocolate caliente.

Felicidad, no tienes dueño pero esta noche cuestas 43 pesos uruguayos y tienes 121 calorías por porción.

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