24. La metamorfosis tóxica

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Jueves, cuatro de la tarde. Salgo del trabajo en mi pausa de descanso y me voy a mirar el río. Le saco la foto que se ve arriba y de paso pruebo el celular nuevo.

La historia del celular nuevo es que me hurtaron el viejo en el vestuario de mi trabajo nocturno. Es una historia interesante (más allá del mal momento), pero se merece un post aparte.

Cada vez que camino cerca de la rambla, pero lo suficientemente lejos como para tener una cierta perspectiva, el río se presenta como una pared sobre el horizonte. Una pared celeste, grisácea, plomiza o violentamente azul. Depende del día y sus condiciones climáticas. Hasta que me acostumbré, siempre me pareció que era una pared que en cualquier momento se me podía caer encima.

Otra historia que va a quedar sin ser contada aquí  (ni en ningún otro post, en este caso) es la del evento del martes en mi trabajo. Porque “me sentí mal” y me fui. No tenía las energías ni las ganas para soportar a la horda de las señoras paquetas, a mis jefas, y a la rata suelta.

Por cierto, no es que el título del post se refiere a que la rata comió tanto veneno que explotó y mutó en un cadáver fragmentado y no precisamente exquisito (perdón si alguno de mis lectores estaba comiendo). Hasta el momento, que yo sepa, debe seguir paseando muy oronda desde su nido hasta la vieja casona donde nos tuvo en vilo. No tuvo la buena voluntad de aparecerse el martes frente a las cámaras, pero en fin. Ya no me importa.

Frente al río, en la escasa media hora de descanso que nunca alcanza para descansar, pienso que me siento liviana. Y no es que vengo de hacer dieta desintoxicante o de meditar y relajarme. Todo lo contrario: los últimos 20 días de mi vida fueron una sucesión de hechos insalubres, de todo tipo. Mi pobre cuerpo no tuvo tiempo ni oportunidad de descansar o alimentarse apropiadamente. Tuve que hacer frente a exigencias muy altas, en dos ambientes muy distintos entre sí pero igualmente estresantes, echando mano a cuanto recurso tuviera a mi alcance. Y, si bien este jueves la situación ya es distinta, esta sensación de liviandad no se origina en que ese escenario cambió, sino que nace precisamente en el seno de esas últimas tres semanas. Y pude sentirla a la perfección durante su transcurso, con la misma nitidez con la que la siento ahora.

Más allá del hecho físico de que cuando uno adelgaza se siente más liviano, sería muy superficial atribuir la sensación de ligereza a esa situación. No, el tema es más profundo. Quizás ocurra que cuando el cuerpo no se detiene y entra en una suerte de piloto automático, el alma se libera de sus condicionamientos y podemos escuchar mejor todo aquello que tiene para decirnos y suele ser silenciado por nuestros propios mecanismos de censura y represión. Todo lo físico pasa a un segundo plano, un plano de movimiento continuo e incesante, porque en contextos exigentes parar equivale a caer. Y lo espiritual, a través de un oscuro y tortuoso camino que es difícil de entender si no se vive, pasa a ocupar el centro de la escena.

Y, en ese camino, el cuerpo cambia e incorpora las marcas que sufre en ese recorrido más o menos tóxico. Pero hay algo interno que cambia también y, paradójicamente, se libera de otras toxinas, intangibles pero tan venenosas como cualquiera que se pueda ver y tocar.

Quizás tenga una cierta lógica que ciertas formas de meditación no busquen la calma sino su opuesto, el vértigo y la pérdida del control. De alguna manera, siento que estas últimas tres semanas fueron una meditación de ese estilo. Una experiencia intensa e inolvidable que sólo se puede comprender cuando se atraviesa, como tantas otras en la vida.

Pero esas tres semanas ya han pasado. El martes renuncié a mi trabajo nocturno y ahora, sentada frente al río, siento una mezcla de sosiego e incertidumbre.

Veinte minutos antes de ese momento, una de mis jefas (la segunda, porque la primera está de viaje desde después del evento del martes) me dice que, dado que se acerca el fin de mi contrato de tres meses, es tiempo de decirme que no me lo van a renovar, porque consideran que las tareas de comunicación que realizo no requieren una dedicación full time, prefieren contratar a alguien que se encargue de eso esporádicamente y prescindir de mis servicios (pero, claro, esperan que les saque las papas del fuego y me quede hasta el final de mi contrato, hasta que ellas se organicen).

No voy a extenderme acá acerca de lo que pienso al respecto, porque todos los lectores que trabajan en cosas relacionadas con la comunicación conocen el tiempo y la dedicación que implica ese trabajo. Y los que no, conocerán a alguien que seguramente se los explicó.

Tampoco voy a decir que estoy triste, porque hace mucho que me quería ir. El pequeño detalle es que aún no tengo otro trabajo, pero eso no invalida que lo primero que estoy sintiendo es un gran alivio.

Sí voy a hablar de una frase que con mal disimulado cinismo me dice esa persona y es que, ya que me tengo que volver a Buenos Aires a buscar ropa, que por qué no me quedo allá.

No le permito a nadie que opine sobre qué es lo que me conviene hacer en mi vida y, por lo demás, mi intención es absolutamente opuesta a esa “sugerencia”. En consecuencia, a manera de respuesta, hice lo único que podía hacer: renunciar esta mañana, justo antes del día de la madre. Mi jefa me dice que yo le había dicho que me iba a quedar hasta el final. Cierto, pero como le respondo: cambié de opinión.

Y cuando cruzo esa puerta me siento tan, pero tan bien.

Definitivamente, esta metamorfosis no está siendo fácil, pero está dando sus frutos.

Y vuelvo a los horizontes inciertos pero, como se desprende de todas las historias que conté a lo largo de estos 24 textos, ya estoy acostumbrada.

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