23. There’s a rat in the kitchen

(and what I’m gonna do?)

Hoy, un título muy literal para otra true Montevideo story.

Viernes, tres y algo de la mañana. Regreso de mi trabajo nocturno (que esta semana dejaré, pero eso será tema de otro post). Abro la puerta de la cocina para cruzar la terraza y llegar a mi habitación. Y, por la medianera que separa terrazas, con un timing perfecto, pasa ella. Una señora rata que cruza la medianera en la misma dirección que yo.

No es la primera que veo. Ya he contado que vi otra a poco de mudarme. Por eso, lo que trato de hacer es jamás mirar hacia la medianera al cruzar la terraza, sea la hora que sea. Los roedores seguirán haciendo su camino, pero ojos que no ven, ataque de pánico que se evita.

Yo, que siempre fui fóbica a esas situaciones, tengo que aprender a convivir con ellas. All by myself.

No todo es color de rosa en la pequeña villa Biarritz.

Sábado, tres de la tarde, estoy en la computadora armando algo para el día de la madre (que, a diferencia de lo que ocurre en Argentina, acá se celebra en mayo). Una compañera está charlando con una clienta vip, una alta dama de los medios uruguayos. De repente, se escucha un grito.

Resulta que la amiga que acompañaba a la clienta vip vio pasar una rata tamaño familiar desde el depósito a la cocina. La clienta vip comenta que Pocitos está infestada de roedores. Ay, madre mía. Te podrías haber ahorrado el comentario, mi vida.

La clienta y su amiga huyen despavoridas pero con elegancia y, ni bien se cierra la puerta, mi compañera y yo deliberamos qué hacer. La puerta de la cocina está cerrada y ninguna de las dos quiere ir a abrirla. Conclusión: la rata no tiene escapatoria y tal parece que nos hará compañía toda la tarde.

En la famosa cocina están todas mis cosas. Mis carteras (llevo dos por esta vida gitana de tener dos trabajos) casi en el suelo. Mis botas. Mi preciada cámara de fotos en una mesa. Y la comida que ya nunca volveré a comer ahí. Mi compañera llama al electricista, que no quiere abandonar su descanso y no va a ir. Mientras estamos sentadas en el escritorio, veo pasar a la rata a unos metros. La rata instintivamente retrocede sobre sus pasos y regresa para el lado de la cocina. Yo instintivamente me dirijo hasta la puerta con la intención de correr sin parar los 400 metros que nos separan de la rambla.

Pero no, no puedo dejar sola a mi compañera. Cambio de rumbo y subo las escaleras. Mi compañera se debate entre el ataque de nervios y el ataque de risa (nerviosa). Y yo ya estoy pálida y pensando de qué manera voy a recuperar mis cosas. Finalmente nos armamos de valor y entramos a la cocina a recuperar nuestras adoradas posesiones. Las bañamos de lysoform hasta que chorrean. Pero, al menos por mi parte, no pienso volver a entrar a esa cocina hasta que alguien no resuelva este problema. Y si el precio de esa actitud es quedarme sin trabajo, no me importa.

Yo desayunaba y almorzaba, y tomaba mucho café para aguantar tardes interminables, en esa cocina. Y ahora pienso que muchas veces debe haber pasado lo mismo sin que nosotras nos diéramos cuenta. No obstante, no puedo pecar de ingenua tomando en cuenta que el primer ser viviente que vi en esa casa fue una rata, mientras esperaba para entrar el primer día.

Ahora tengo que pensar cómo resolver mi alimentación, porque ya no voy a volver a comer en ese escenario, al menos hasta que se realice una desratización, si es que eso ocurre (y me permito dudarlo). Tendré que hacer un desayuno bien completo para aguantar desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la noche. Todo el mundo me dice que tengo que comer pero -lo lamento- no será en estas condiciones. Asco mata hambre.

Retomo la teoría de mi amiga T., aquella de que las ciudades te prueban antes de aceptarte. Tal parece que Montevideo me está probando de una manera intensa.

El martes hay un GRAN evento. Sería muy divertido que nuestra amiguita hiciera una gran aparición escénica. Pero no: prefiero que alguien venga y genere una GRAN nube tóxica mañana y eso no ocurra. Soy escéptica al respecto, pero ya les contaré el miércoles o el jueves qué fue lo que ocurrió finalmente. Mientras tanto, les ruego discreción a mis lectores uruguayos porque esto no debe saberse, por supuesto. Pero era tan tragicómico que no podía dejar de contarlo.

Que quede entre nosotros, por favor.

XOXO

Gossip girl

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