17. Semana de (no) turismo

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En Uruguay, se sabe, la semana de turismo -si bien muy laica- es una religión. Acá ya se vive a pleno el descanso y muy pocos trabajamos, se ven muchos turistas, varios negocios cerrados y a cada rato se escucha la frase “me estoy yendo a la punta”.

Después de muchos años de pasar “turismo” fuera de Uruguay, este 2013 me encuentra acá. E, ironías del destino, de turismo, nada. Trabajo jueves, viernes, sábado y ya que estamos (y no precisamente por decisión propia) domingo también. La en teoría escasa y en la práctica casi nula posibilidad de tener algo de control sobre mis horarios es un tema candente en mi agenda de reflexiones, pero en todo caso esas elucubraciones quedarán para un próximo post.

No obstante, en este fin de semana que pasó tuve un poco de turismo urbano para compensar. Mi amigo A. estuvo de paso por Montevideo durante un par de días y hablé con él todo lo que no tengo oportunidad de hablar con otros seres humanos. Demasiada información para un solo cerebro, creo que el pobre volvió a Buenos Aires más cansado de lo que llegó. Piensen que acá no tengo casi nadie con quien hablar sin tener que estar a la defensiva o cuidar mis palabras, de manera que tengo motivos para aprovechar la presencia de una persona con quien no tengo necesidad de filtrar lo que digo.

No sé si él va a leer esto, pero sabe que se lo agradezco mucho.

Por otra parte, mi hermano llega este jueves así que volveré a estar acompañada nada menos que por (casi) una semana. Si consideramos que voy a trabajar todo el día durante todos los días de esa semana, el que no va a estar muy acompañado es él. Pero asumo que la pasará bien igual, y hasta quizás mejor que escuchando problemas que no tiene necesidad ni obligación de escuchar.

Por ese motivo, lo más probable es que no actualice el blog hasta el miércoles que viene. Algún plan conjunto haremos con mi hermano, de manera que en el siguiente post seguramente hablaré acerca de eso.

Mientras tanto, entre compañía y compañía temporal, sigo en mi estado permanente: sola.

En algo avancé, sin embargo. Anteayer me compré un chocolate: un pequeño (por no decir insignificante) paso para la humanidad, un gran paso para Arianita. Una tableta de chocolate Arcor brigadeiro de 160 gramos. Hay cosas que mi presupuesto no puede comprar, para todo lo demás existen mil cuentas que tengo que hacer antes de depositar graciosamente hasta un ramo de perejil en mi carrito. Así fue como descarté otros chocolates y me quedé con el Arcor, que salía 50 pesos uruguayos. Y que está siendo racionado con rigurosidad espartana para que me dure una semana. NO puedo gastar más de 7 pesos diarios en un chocolate, eso está claro.

Igualmente, les doy un consejo: no compren ese chocolate. Hay que estar muy desesperado para comerlo y pretender que es rico. De hecho, para el código alimentario uruguayo ni siquiera califica como tal, sino como un “símil chocolate con leche”.

Para lo salado, sigo con mi sopita de municiones (ya se me están acabando los cubitos, pero fideos me quedan). Y me compré un puré instantáneo de vegetales, que será mi comida nocturna de este miércoles y jueves. Así las cosas, pero ya me comeré un choripán de la feria del Parque Biarritz con mi hermano. Si el miércoles que viene no aparece ningún post, sabrán que fue porque no sobreviví a esa experiencia. Pero no creo; he comido choripanes en condiciones peores de salubridad y acá estoy. Nunca olvidaré el choripán asado en pleno asfalto de Parque Centenario que nos comimos con mi amiga Mariana. Y, como podrán imaginar, fue uno de los choripanes más ricos que comí en mi vida.

Otro avance de esta semana es que fui mi propia peluquera en el barrio de las dos peluquerías por cuadra (sin ir más lejos en mi edificio hay una) y me teñí las raíces de tres semanas. Ochenta y nueve pesos uruguayos del Garnier Intense contra los alrededor de cuatrocientos que cotiza poner mi cabecita en manos ajenas. Y el resultado fue bastante digno, si bien confieso que elegí a propósito lo más barato que vi en el Farmashop porque no estaba dispuesta a pagar a 60 pesos (argentinos) una tintura que en Buenos Aires consigo a 22. Era menester porque resulta que en mi trabajo ahora hay un image code estricto que incluye el detalle del cabello.

Así como fuera de mi cabeza, el tema que sigue estando detrás de esas raíces ahora prolijas es el trabajo. Y en los últimos días tanto los citados A. y Mariana como otras personas me instan a ser fría y a resistir.

Si bien soy receptiva a los consejos prudentes, la única realidad es la que cada uno vive solo frente al mundo. Me voy a tomar estos días que -aunque para mí no sean de vacaciones- implican un cambio en mi rutina habitual, para meditar acerca de los pasos que voy a dar en el futuro cercano. Y que, por supuesto, determinarán las historias que escribiré en los próximos posts.

Para completar este bonito panorama, y tal como puede verse en la foto que abre este post y que captura la instantánea de mi momento de escribir en la calle Vázquez Ledesma: sí, hace exactamente seis horas y usando hasta el último centavo disponible en mi tarjeta me compré un celular libre para usar con un chip que me regalaron.

Y (como deben haber imaginado) no, no me anda. Tengo ciento cincuenta pesos cargados en una línea que no puedo usar porque el teléfono no acusa recibo de esa situación. Yo creo que es el chip, en Claro me perjuran que no. Conclusión: mañana me espera una noche de discusiones en Punta Carretas. La vida pasa, la incomunicación permanece, mi tarjeta está que arde y -para no ser menos-yo también.

Que disfruten estos días, que espero para mis lectores sean de descanso. Hasta el miércoles (o jueves) que viene.

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