15. To dream of caramel

Este domingo ocurrió un hito en mi periplo montevideano: mi primera salida social, con mi amiga T., que regresó a vivir a Montevideo después de una larga estadía en Buenos Aires. Entre otras cosas que hablamos, T. tiene una teoría muy interesante: que las ciudades te ponen a prueba cuando uno golpea a su puerta. Mi experiencia me conduce a estar de acuerdo con ella y tengo material de sobra (sin duda más del que me gustaría tener) para avalar mi adhesión a esa teoría.

Alguno ya fue desarrollado en las entradas del 1 al 14, pero todavía queda mucho para repartir entre este post y otros que vendrán. Será difícil llenar mi estómago y mi billetera, pero tal parece que siempre habrá alguna experiencia para llenar la hoja en blanco. Por lo menos, en algún aspecto, la abundancia me sonríe.

Este domingo, por otra parte,

trabajé (como ya conté, por estos días hay un evento especial en el lugar donde trabajo). Sin embargo, el día de hormiguita obrera valió la pena por una sola cosa: a manera de almuerzo tuvimos pizza con fainá en cantidades industriales. Casi repito el llanto de la semana pasada, pero esta vez de la emoción. Comprenderán a medida que sigan leyendo.

Este sábado,

también trabajé nueve agotadoras horas pero no hubo almuerzo gratis, de manera que no vale la pena profundizar en el particular.

Este viernes,

llegué a mi hogar por lo que queda de marzo con mi menú de los siguientes cuatro días: un paquete de municiones y una cajita de seis cubitos de caldo. Era una noche ideal para tomar sopa porque en Montevideo está haciendo mucho frío. Y yo, como ya conté, no tengo abrigo. Será el frío que empecé a pasar, pero de repente mi apetito se encuentra en alza (mientras, así suele ser la vida, mis finanzas están en baja). Cuando el clima estaba templado lo llevaba mejor, pero ahora estoy teniendo antojos que les dan mil vueltas a los de cualquier embarazada. Puedo garantizar que ese no es mi caso, así que debe ser el frío nomás.

La cocina del apartamento tiene sus cosas. El apartamento en general tiene sus cosas, pero ese merece una ampliación en un próximo post. La cuestión que interesa en este momento es que cuando muerta de hambre me quise hacer la sopa, no tenía nada con qué encender el fuego. Hay un encendedor en la cocina, pero en ciertos momentos desaparece (asumo que la dueña de casa es fumadora ocasional, aunque nunca le sentí olor). Y a la hora en que me cocino la gente duerme en esa casa, o por lo menos está encerrada en su habitación. De manera que pedir el encendedor era imposible.

Me reté fuerte a mí misma por haber olvidado comprar fósforos, ya que esto me pasó antes. Pero lo que quería hacer en esa ocasión era calentar agua para el mate y eso lo resolví con el microondas. Con la sopa, no way de recurrir a ese artefacto. Para mi criterio gastronómico cocinar fideos de esa manera ya es caer muy bajo. Y todavía conservo un mínimo de dignidad alimentaria.

Ya eran las diez de la noche, o quizás más. A esa hora, le aclaro a los porteños, no hay mucho minimarket montevideano que resista, por lo menos en la serena puntacarreteña Villa Biarritz. Bueno, ok, tarde o temprano iba a encontrar alguno pero recién bañada y con el pelo empapado no estaba dispuesta a hacer el intento.

Debí recurrir, por lo tanto, al kit de emergencia que atesoraba: 11 aceitunas verdes y medio alfajor de Disco (que son más grandes que los comunes). Con mucho mate, por supuesto. Me olvidé del reto que me había hecho minutos antes y me felicité por la previsión de haber resistido la tentación de comerme esos víveres. Creo que de alguna manera tuve la intuición de que en algún momento los iba a necesitar.

A los lectores desprevenidos que caigan en este post sin haber leído los anteriores y se pregunten por que no recurrí a un delivery, les cuento que el dinero que me saldría eso es con el que tengo que comer durante toda una semana.

Claro, el improvisado menú me sacó del apuro. Pero hay un tema que me complica mucho y es que cuando regreso a mi habitación mi fiel compañía es el canal Utilísima. No, no hay manera de que pueda elegir otra cosa: es una adicción. Será que necesito recordar que existen todas esas cosas que ahora no puedo comer. Será que mi memoria emotiva quiere recordar su sabor. Será que necesito ver algo que desvíe mis preocupaciones hacia otro carril. Será que soy una masoquista. Será que prefiero ver eso antes que “Sé lo que viste” con la actuación estelar de Waldo por Montecarlo TV. Será lo que será, pero el televisor de mi pequeña habitación clavó su sintonía en ese canal.

Vuelvo al sábado, pero no a la parte desabrida de las horas laborales. Sí, en cambio, a la parte desabrida de mi comida nocturna. Municiones, cubitos y encendedor se encontraron, pero el resultado no fue muy feliz.  Hay que considerar que antes de irme a cocinar no va que mi amigo fiel Utilísima me muestra a Donato haciendo un risotto con helado de parmesano. Una sinfonía de crema y queso, mucho queso. Manteca, mucha manteca. Ah sí, y arroz también.

De repente mi universo se reduce a un primerísimo primer plano de la mezcla de la crema con cantidades industriales de queso rallado y Donato promete que en un minuto nos muestra el resultado.

No Donato, por favor no me lo muestres, te lo imploro. Me estoy deshidratando de tanto que se me hace agua la boca. Mejor me voy a cocinar.

Y me fui a cocinar, por supuesto. Pero después de eso mi sopa tenía sabor a nada. Sin embargo la vida es sabia y mientras hacía el trayecto habitación-terraza-cocina algo cruzó por la medianera en dirección contraria a mí. Quise creer que era un gato (y una parte de mí sigue queriendo creer eso) pero ese debe haber sido mi segundo encuentro montevideano con un roedor. Ruego con fervor que la vida siga siendo sabia y que esos approachs nunca se den en mi habitación porque una de dos: o 1) me muero de un paro cardíaco antes de emitir sonido, o 2) despierto de un grito a toda la población de punta carretas y pocitos aprovechando que me encuentro en el límite de los dos barrios.

En fin, para lo que sirvió el evento fue para sacarme el hambre, así que en conclusión no me importó tanto que la comida fuera algo así como un trámite insípido. Pero dos horas después, nuevamente Utilísima mediante, volví a sentir lo mismo que siento desde hace unas cuantas noches: añoro profundamente comer un chocolate. Se cumple aquello de que hay cosas que no nos llaman la atención hasta que no podemos tenerlas. En mi hogar porteño puedo tener una golosina durante semanas sin tocarla, porque con el paso del tiempo lo dulce fue perdiendo atractivo para mí.

Sin embargo, acá y en este momento, la esquiva felicidad tiene azúcar, mucho azúcar en su interior. Por lo menos, es lo que mi cuerpo anhela cada noche después de meses de no sentir el menor deseo de una golosina nocturna.

Como la música es el bálsamo de todas las insatisfacciones, escucho a Santé les amis, una banda uruguaya con varios años de trayectoria pero que hace muy poco tiempo comenzó -para bien o para mal- a ser más “mainstream”. Hablando de música, me enteré de que Of monsters and men va a presentarse en el festival gratuito de Movistar en Buenos Aires. Es el único motivo por el que me gustaría estar allá ese día.

Pero el deseo de dulce es más fuerte que cualquier acorde. De todas maneras, ahora que como conté en el post anterior soy mil pesos más pobre, no puedo comprar dulce alguno por unos cuantos días. Y ni siquiera me sirve soñar con ellos porque, como canta Suzanne Vega, creo que

it won’t do

to dream of caramel

so good bye, sweet appetite,

no single bite could satisfy…

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