14. Las mil y una

vista nebulosa, desde donde escribo este post, del parque Biarritz

vista nebulosa, desde donde escribo este post, del parque Biarritz

Sentada a la medianoche en el living del apartamento de la calle Vázquez Ledesma, miro por la ventana hacia el Parque Biarritz. Nada de movimiento, ningún sonido. Acá adentro tampoco. La dueña de casa duerme y su pequeña hija también. Ya hablé de que tienen horarios totalmente diferentes a los míos, durante la semana no creo que haya posibilidad alguna de interacción con ellas, salvo saludos cuando llego o me voy.

Esta noche en particular me viene bien el silencio, porque estoy procesando decisiones. Ahora que resolví en forma temporal el tema del alojamiento, debo resolver otros dos puntos cruciales: comida y trabajo.

Después de pagar el alquiler de la habitación, y hasta dentro de una semana donde activaré nuevamente el uso de la tarjeta, cuento con ciento cuarenta pesos uruguayos con los que tengo que arreglármelas para comer durante una semana (ni hablar de comprar ninguna otra cosa que no sea comida).

Tengo un paquete casi entero de yerba, lo que implica que tengo los desayunos asegurados. De manera que me quedan por resolver unas catorce comidas a razón de diez pesos cada una. Tengo, además de la yerba, un paquete de manteca casi entero. Por lo tanto, creo que por delante me espera una semana de arroz con manteca. Que nadie se preocupe, hasta el momento vengo comiendo más variado. En pequeñas cantidades, pero trato de ir variando el menú. Una semana de mate y arroz, ciertamente, no podrán conmigo. Tampoco me debilitarán; porque lo que no te mata, te fortalece. Ya tengo amplia experiencia en eso.

Y, en el trabajo, tengo un paquete casi entero de galletitas de agua y un pote de queso untable, así que tengo unos cuatro almuerzos más asegurados.

El trabajo. Ese es el otro tema crítico.

Es irónico, pero justamente lo que me da la posibilidad de quedarme en esta ciudad es -a la vez- lo que me impide disfrutar la vida acá. A un mes de haber comenzado puedo estar segura de que no la estoy pasando bien. Y es triste, porque al trabajo es a lo único que no logro adaptarme. Si fuera por todo lo demás, no volvería a Buenos Aires por lo menos en todo el año (me refiero a no regresar a vivir, pero sí de visita, claro).

Hace un tiempo, tuve un trabajo donde la pasaba mal, con m de mucho. Muy, muy mal. Sé que un par de amigas de ese trabajo leen este blog y saben a lo que me refiero. Sólo nosotras que estuvimos ahí lo sabemos y creo que nunca olvidaremos todas las que pasamos. Pagaban bien, eso era lo único que justificaba quedarse. Y cada una de las personas que estábamos en ese ámbito necesitábamos ese dinero por diferentes razones. En mi caso, ya sabía que quería hacer zapatos y juntaba el dinero de aquel trabajo con ese objetivo. Finalmente tuve que usar ese capital para otra cosa porque ya se sabe que uno propone, pero la vida dispone.

Y mis zapatos siguen dormidos en mi mente y mis bocetos, sólo por ahora. Algún día verán la luz.

Pero ese trabajo, además de dejarme amigas increíbles que eran lo que hacía tolerable estar en un ambiente enfermo, me dejó una convicción. O más que eso, un compromiso muy fuerte conmigo misma: el de nunca, nunca volver a aceptar un trabajo donde la pasara tan mal. Fueran cuales fueran las consecuencias.

Por eso, y como menos que nunca puedo escaparme de mí misma y de lo que siento, no puedo ignorar que mis luces de alarma interior están destellando con una fuerza que creo que si me voy a la rambla en este momento, me contratan como faro viviente y además de iluminar a los barcos me convertiría en una atracción turística (no estaría mal).

Y como renunciar a mi medio de vida es una decisión que complica mi estadía acá, hoy he llorado mucho. Por eso y porque este miércoles lo pasé particularmente mal.

Todo comenzó esta mañana cuando me agarraron las chicas de Administración, las únicas con las que tengo una relación más humana porque son las únicas que se preocupan de si comí, si dormí bien, etcétera (en resumen, a las que les interesa realmente cómo me siento). No importa lo que hablamos -y tampoco podría contarlo- pero me hicieron llorar mucho y me hicieron sentir que estoy en lo cierto al intentar un cambio. Y me dieron ánimos para intentarlo.

Más tarde -y bastante pasada de revoluciones- me voy a hacer un trámite urgente para un evento laboral que se va a llevar a cabo en estos días. Lluvia y mucho fresquete. Un motoquero me dice “rubia, te llevo a algún lado?” cuando ya estaba a dos cuadras del lugar al que tenía que ir. No mi vida, tendrías que haber llegado unas diez cuadras antes.

Hombres. Siempre tan fuera de timing.

La cuestión es que, cuando vuelvo al trabajo, me doy cuenta de que había perdido mil pesos uruguayos en el camino. Que, por supuesto, no eran míos sino de la empresa para la que trabajo. Y que, por supuesto, me serán descontados del próximo sueldo. Con mil pesos, en una situación normal, como durante dos semanas. Y en situaciones como las que detallé al principio del post como durante un mes. Con esos datos podrán estimar el impacto que tienen mil pesos en mi presupuesto.

Ahora que revivo el momento, me doy cuenta de que mi inconsciente registró el momento en que se perdieron. Pero mi parte consciente se dio cuenta mucho después, es decir en este instante. Eso es lo que sucede cuando no estás bien: el cuerpo pierde conexión con el entorno que lo rodea. Estás en una especie de limbo emocional, y así es como ocurren muchos accidentes y eventos indeseados.

Y a partir de ese hecho pasé de una mañana pesada a una tarde pésima, y lo más tragicómico fue que aquello que fui a buscar en ese trayecto en el que perdí los mil pesos no servía, así que tuve que repetir el fatídico recorrido unas horas más tarde. Después de haber derramado, claro, unos 853 centímetros cúbicos de lágrimas ocultos entre pasillos, patio, baño y cocina pero visibles en mi cara. Por supuesto ya ningún motoquero me preguntó si quería que me llevara, algo previsible si pensamos que en ese momento mi cara parecía el resultado de una extraña mutación genética o de un exceso de cortisona. Pobres, más bien me miraban con susto.

Para no hacerla más larga (podría, pero ya escribí demasiado) llegué a una conclusión: en salvaguarda de mi salud mental y física, y para honrar el mencionado compromiso conmigo misma, creo que lo mejor será renunciar. Pero trataré de que sea dentro de unos días porque a) ahora soy mil pesos más pobre y b) no quiero volver tan rápido a Buenos Aires y necesitaría otro mes de sueldo para quedarme acá en abril y poder buscar otro trabajo.

En síntesis, el resumen de mi día sería: mil pesos perdidos y una decisión encontrada. Y, en el proceso, muchas lágrimas derramadas.

Literalmente, un día en el que siento que pasé las mil y una.

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6 pensamientos en “14. Las mil y una

  1. Ari! No abandones tus sueños y metas! Mira todo lo que lograste alrededor tuyo! Sos GENIA! Siempre que llovio paro! Y vos aprendiste a bailar bajo la lluvia!!! La remas y le pones onda y a pesar de los mil pesos perdidos (que debe ser trajico en tu situacion) no encontrar alojamiento viviendo el HOY! Realmente sos FUERTE! Llora putea y grita! Pero mira todo lo que lograste!!!! Mis mejores vibras y mucha luz!!!! Te quiero! Besos

    • gracias Vero! como dije en otro comentario, esas palabras son alimento para el alma, que finalmente es el más necesario. millones de gracias por tomarte el trabajo de enviármelas y un beso grande!

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