12. Sigue girando

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el escenario de los pensamientos de este post

Domingo a la noche, me siento frente a la computadora y pienso. Pienso dónde dormiré mañana, qué comeré en lo que queda del mes… y, tema no menor -pero que, reconozco, es una suerte de evasión frente a los anteriores- con qué me voy a vestir hasta abril.

No me traje ropa, aunque suene irónico al haber traído un equipaje que -como mencioné más de una vez- pesa casi tanto como yo. Traje un montón de artículos varios, pero no ropa ni accesorios en general. Mi guardarropas permanece casi intacto en mi habitación en Belgrano city. Recuerdo mi pared del lado este pintada de un flamante verde esmeralda (el color Pantone del año según me contó Pato de Quiero y Necesito). Mi color preferido, además. Y casi no pude disfrutarlo. Pero sonrío al pensar que la energía de ese tono vibra en mi hogar porteño.

(además, quién sabe, vuelva a él dentro de poco. No lo sé.)

Tengo dos jeans, una blusa hippie, una remera, tres vestidos (dos de ellos tan veraniegos que ya se les pasó el momento), el cardigan fucsia de Zara, una campera de “cuero” y un equipo que me traje para correr por la rambla. Pueden hacer sus apuestas de si usé ese equipo o no. Y, probablemente, ganarían.

Un par de sandalias chatas plata, y unas converse verdes.

La ropa de vestir que me traje para trabajar. Que no es mucha.

Por supuesto, algo de ropa interior y un par de cosas para dormir.

Y nada más.

Les garantizo que, para un mes, eso es nada. Bueno, cualquier mujer lo sabrá. Visto alla Marge Simpson. Y con la frente alta, por supuesto. Que mis prioridades son otras, pero no puedo evitar echar de menos ciertas prendas.

No pienso volver a Buenos Aires por lo menos hasta abril, tampoco puedo comprar ropa. Pero mi hermano viene en semana de turismo y con él un poco de renovación para mi guardarropas. Tampoco tanta, porque no lo quiero convertir en un ekeko.

Hasta que eso ocurra me quedan 16 días donde, en este escenario, seguiremos estando solas yo y mis circunstancias. Entre esas circunstancias está la falta de un techo fijo como top of the list. Por lo tanto, la circunstancia asociada es el estado de búsqueda constante. Este domingo fue un día productivo en ese aspecto, a saber:

-1 p.m., cerca de la unión de Brasil y Bulevar Artigas. Zona linda, donde por ejemplo se encuentran las embajadas de Paraguay y Brasil. Edificio moderno de esos que parecen cortados por el mismo serrucho, con apartamentos pequeños pero coquetos y prolijos. Se abre una puerta y salta Lola a recibirme. Tengo buena onda con la pequeña caniche, me doy cuenta cuando la acaricio (últimamente me estoy llevando bien con los perros). Me saluda D., quien alquila el sillón cama de su apartamento. D. es gay y me imagino una vida como la de Will & Grace (serie vintage que hace años miraba en Sony), sólo que en la quinta parte -por lo menos- de metros cuadrados. Él me cae muy bien, sé que podría ser amiga de Lola, el edificio me gusta, la zona también y el precio me parece razonable si me olvido de que dormiré en un sillón sin paredes que me rodeen. Pero a la noche, cuando me ponga alguna de esas pocas prendas que traje para dormir, lo voy a recordar. Ya lo sé.

-Tres horas después, miro por la ventana de un apartamento con vista directa al parque Biarritz. En él, la situación mejora (y el precio, claro, aumenta): una habitación privada, con su baño. Todo diminuto, pero en el cuerpo principal del apartamento tengo un gran sector para guardar mis bártulos. C., mi anfitriona oriunda de San Francisco, me habla con mucha calma. Me gusta el lugar, me gusta la zona, aunque tenga sus contradicciones. Por un lado, es una de las más cotizadas de Montevideo; por otro, a tres cuadras de ahí hay un baldío tomado que es -de acuerdo a los vecinos- un foco de marginalidad. Pero en el balance la zona sigue siendo de las mejores de la ciudad para vivir. Puedo ir y venir del trabajo caminando y estoy a tres cuadras de la rambla. Puedo practicar inglés con C. y ¡por fin! no tendría que compartir ni habitación ni baño con nadie.

Para la opción 2, como imaginarán, el dinero con el que cuento este mes no me alcanza, de manera que tendría que encontrar una manera de negociar. Es una de las cosas que pienso en este domingo a la noche.

Pienso también en el viernes donde almorcé a las apuradas (tenía 20 minutos libres en mi trabajo) con una persona histórica de mi vida, de paso por Montevideo. Mientras yo intentaba (sin éxito) hacer un resumen de mi aventura mientras intentaba (también sin éxito) terminar a tiempo una tarta de atún, un policía hablaba con el dueño del café donde estaba almorzando y le contaba de un asalto que había ocurrido hace una hora en esa esquina. Y pienso en que, esa misma mañana, una de las dueñas del hostel contaba un episodio similar, de lo que en Argentina conocemos como “motochorros”. Situaciones de una gran ciudad de las que es imposible escapar del todo.

Pienso en que, finalmente, pude hablar con mi tocaya Ariana, con quien comparto habitación en el hostel. Pienso en nuestra conversación, que fue muy impactante porque hay entre nosotras muchas más coincidencias de las que imaginaba. Por respeto a su privacidad (y a la mía), no puedo hablar de muchas de ellas, pero es interesante como esas sincronicidades de las que tanto he leído -y en las que tanto creo- se manifiestan de maneras asombrosas.

Y, entre tanto pensamiento a la deriva, regreso a la cruda realidad y recuerdo que el lunes ya no tengo reserva en el hostel y que tengo que definir esta situación en el corto, muy corto plazo. Ya hice mi apuesta, veremos si -como mis lectores al principio de este post- puedo ganarla.

La banca, como siempre, tiene la última palabra. Por el momento, la bola sigue girando.

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