10. Soy gitano

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Existe una novela de Stephen King donde el protagonista es maldecido por una gitana que lo condena a algo que para otros hubiera sido una bendición: ser flaco. Claro que lo hace contra la voluntad del damnificado (por algo es una maldición).

Creo que, de un modo similar, alguna de las gitanas de esas que quieren leerte la mano por Gorlero lanzó también una maldición apuntando con su uña curvada de color borgoña nacarado, y se ve que yo justo pasaba por ahí y me la llevé de recuerdo.  No es que me haya condenado a la delgadez extrema, sino a algo que –por lo menos en este momento- para mí es peor: me ha colocado bajo el conjuro de llevar la vida nómade que caracteriza a esa tribu. Sin posibilidad de descanso y, por supuesto, también contra mi voluntad.

El sábado se desplomaba el cielo en Montevideo y en varias otras ciudades uruguayas. Yo estaba en la parada de Benito Blanco esperando el 191 ramal Ciudadela para ir a visitar otro apartamento, pasando Tres Cruces, en la sugestiva y poética calle Democracia. Pero en un momento dado la lluvia me disuadió de ese propósito. A pesar de estar en un refugio, me había empapado por todos lados y tenía frío. Y estaba cansada, lo cual –me doy cuenta- a esta altura no representa una novedad.

Esa mañana me había levantado a las 8 (después de dormir pocas horas, tal como viene ocurriendo hace tres semanas) para armar una vez más mi equipaje, que me esperaba en el hostel.

Como suspendí la visita democrática y no quería volver al hostel, deambulé una vez más por Punta Carretas bajo la lluvia –ya más leve- pero, como se sabe, es difícil escapar de las maldiciones. De manera que después de caminar y mojarme por dos horas (ni recuperé ni compré paraguas) regresé al limbo inmobiliario para iniciar de nuevo el recorrido tiránico de la vida gitana. Los dueños tuvieron la deferencia de conseguirme un hostel vecino pero, sinceramente, todas estas idas y venidas que pienso hubieran podido solucionarse de otro modo fueron las gotas que sin prisa pero sin pausa fueron colmando hasta el tope y más allá el vaso de mi paciencia.

Pero, sin proponérselo, me hicieron un favor porque me permitieron conocer un hostel que es casi el extremo opuesto de aquel. En uno, las cucarachas bebé caminan por la pared y son animales sagrados cual si fueran vacas y estuviésemos en India. En el otro, fui testigo de cómo la mujer de la recepción limpiaba incluso sobre lo que estaba limpio.

Y la casa que sirve de marco a uno y a otro tampoco tiene punto de comparación, en mi humilde criterio. No voy a hacer nombres acá, pero en caso de que alguien esté planeando un viaje a Montevideo y quiera más información, me escribe y se lo cuento.

Por otro lado, fui testigo de una curiosa coincidencia. En el hostel al que llegué vive una chica de Buenos Aires que también trabaja acá, que también está buscando apartamento… y que también se llama Ariana. Creo que la gitana también metió algo de mano en este encuentro que en rigor de verdad no fue tal porque justo este fin de semana ella no se encuentra en el hostel. Pero es muy raro abrir la heladera y ver por todas partes cosas –que no son mías- con mi no tan común nombre.

Si no consigo habitación en los próximos cinco días, me mudaré a este hostel en cuanto pueda abandonar el otro, de manera que quizás finalmente nos conozcamos en persona.

Mientras tanto la tarde se despide lenta (como todo en un domingo en Montevideo) y escribo para no dormirme aún, porque sólo dormí dos horas. Anoche se me ocurrió salir -con unos chilenos muy divertidos que se hospedan acá- a un boliche que se llama “la gata bacana”. Por favor, no lo intenten si vienen a Montevideo y lo que quieren es salir a romper la noche. No obstante, no voy a decir que haya opciones mucho mejores, porque creo que ese no es el fuerte de esta ciudad, en especial para quien conozca los boliches de Buenos Aires.

Para salir en Montevideo, recomendaría más bien bares. Pero si llega el momento en que pueda salir de noche y ampliar mi conocimiento sobre el particular (situación que ignoro si se va a dar), hablaré mejor de ese tema.

(Otro sí digo: la cuestión de los chilenos –en general- este verano en Uruguay es todo un tema que merece post propio o, al menos, unos cuantos párrafos de uno. Ya lo haré).

Doy vueltas y vueltas porque no quiero volver al otro hostel, pero mis cosas están allá y mañana tengo que trabajar.

Mientras tanto, en Punta del Este, una gitana se está riendo a carcajadas.

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