7. Casi perfecto

casitaY sí, confieso que me imaginé tomando una Colet en esa barra.

Este domingo Montevideo amaneció gris y lluvioso, ideal para dormir, pero la alarma de mi celular tuvo el mal gusto de sonar a las 9 de la mañana. Bueno, tenía un compromiso inmobiliario: una cita a las 11 para ver una casa en Punta Carretas, que me había conseguido “Vivi”, a quien mencioné en el post anterior. Pero el sábado había trasnochado (escribiendo y revisando fotos en la computadora) y no había dormido casi nada. Y, por añadidura, no había dormido bien.

¿No les conté que, además de que todo el mundo está de vacaciones, mi colchón parece de algodón y no logro dormir bien ahí? Bueno, se los cuento ahora. Igualmente es imposible narrar todo lo que me pasa, hay situaciones que contribuyen en buena parte a lo duro de esta experiencia (repito, hasta que cobre y pueda moverme con libertad) y que quedan en el silencio o en charlas de amigas menos públicas que este espacio. Esto es solamente una selección de momentos; un diario de retazos unidos por el hilo conductor del peregrinaje en muchas de las formas que éste puede adoptar.

Finalmente, se hicieron casi las 10 dando vueltas sobre mi lecho de algodones, que nada tiene que ver en este caso con eso de “vivir entre algodones”. Me levanté para tratar de agarrar el desayuno (que se sirve hasta las 10). Pero no, no hubo suerte. Ya no quedaba nada.

Resignada a este tipo de cosas, y sin arrepentirme en lo más mínimo de haber elegido el sueño antes que las tostadas, me vestí y busqué mi paraguas. Revisé mi locker, mi bolso, mi mochila, mis carteras, las bolsitas con enseres varios que supe juntar por el camino. Pero nada. O me lo había olvidado en el trabajo, o en la habitación -del mismo hostel- que ocupaba antes que lo actual. Si era esto último, lo daba por perdido, tomando en cuenta el episodio de la yerba.

En fin, tenía que salir igual, porque no tenía plata para comprar un paraguas, y de haberla tenido hubiera sido lo mismo, porque un domingo a la mañana en Montevideo sólo podés conseguir esas cosas (diría casi todas las cosas que se nos puedan ocurrir) en un shopping. Que es de los pocos lugares que están abiertos y donde se registra movimiento humano.

Pero ya vengo desafiando tantas cosas que desafiar la lluvia era una pequeñez, qué tanto.

A lo que todavía no logro desafiar con éxito es al diseño del barrio y sus volteretas. Fue así como, a pesar de contar con un bello mapa de la ciudad, terminé en el extremo contrario del punto al que tenía que ir. Punta Carretas tiene -a mi criterio- una arquitectura parquechásica (los porteños comprenderán y los que no lo son pueden buscar “Parque Chas” en  Google). Uno empieza una caminata en, digamos, Ellauri y Solano García  (una de las esquinas del shopping) y un par de horas después -cuando se quiere dar cuenta- resulta que está en el Chuy.

Cincuenta minutos después de la hora acordada me di por vencida y llamé a Alex -el dueño de la casa- quien gentilmente ofreció pasarme a buscar por la puerta de Punta Carretas. Como él iba a tardar 15 minutos en llegar, invertí los únicos veintitantos pesos que llevaba encima en una Colet. Y ese fue mi desayuno, mientras esperaba en la parada de los colectivos que está en el frente del shopping.

Alex llegó puntualmente con su mujer y su hijita y me llevó a la casa, que resultó estar a 6 cuadras de mi trabajo (yo debía haber caminado veinte para el otro lado). El lugar era como una casita de muñecas: una construcción vieja de esas tan típicas en Montevideo, pero puesta a nuevo de manera impecable. Me enamoré del estar y la cocina, uno de cuyos sectores figura en la foto. Tal como dije al iniciar este post, me hubiera gustado tomar mi Colet ahí, y no parada mirando pasar al 121 ramal Plaza Independencia.

Y al poner un pie en esa casa tuve la sensación que a uno lo invade cuando encuentra el lugar que cubre todas sus expectativas. E, inmediatamente después, la tristeza de saber que -posiblemente- no podremos acceder a él.

Porque, cuanto todo es tan perfecto, el costo suele ser el valor imperfecto de la ecuación. Al igual que ocurre, por lo general, cuando se alquila un apartamento, debía pagar un mes de depósito. No me cierran los números por ningún lado, no por el valor mensual (que es el más bajo de todo lo que vi) sino por tener que poner, de golpe, una cantidad que no tengo. Pero me duele el corazón porque esa casita y yo nos hubiéramos pertenecido tanto, pero tanto.

En fin, aún tengo la peregrina ilusión de que un milagro ocurrirá y tendré una camita ahí (porque aclaro por las dudas que no se trata de alquilar la casa, sino sólo una habitación, y compartida). Pero soy consciente de que, más que nunca, debo ser realista. Así que la búsqueda continúa y, con ella, nuevos posts en los que seguiré contando esa historia.

Anuncios

2 pensamientos en “7. Casi perfecto

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s