La huella es un sueño eterno

De acuerdo a la filosofía zen, el tiempo es una creación del ego. Esa entidad inasible, insaciable e indomable se nutre del pasado; se proyecta hacia el futuro.

Por otra parte, podríamos pensar que una de las actividades que más involucran al ego es el arte. En primer lugar porque, en general, el artista es un ser que busca el reconocimiento y la aprobación de los otros. Aunque lo niegue… y a menudo, cuánto más lo niega, más evidente se hace. En segundo lugar, porque (hago uso de mi teoría, claro) el artista siempre termina hablando de sí mismo y de su vida en sus obras. En tercer lugar, porque una obra siempre es un intento -consciente o no- de dejar una huella en el universo. A través del arte, en resumen, se busca la trascendencia. En lo inmediato quizás se busca prestigio, reconocimiento o, en un orden más prosaico, sobrevivir. Pero la meta final, siempre, es la de alcanzar a través de las obras la eternidad que al cuerpo le está negada.

La lista de los indicadores de la relación entre el arte y el ego podría continuar, pero para este post me bastan los tres que detallé. El arte está ligado al ego, sí, aunque sea en cierta parte. Pero la paradoja que (a mi criterio) le confiere un valor sublime a la expresión artística es que al arte le termina tendiendo al ego una trampa: en el momento pleno de creación, artista y universo entran en una simbiosis donde el ego queda excluido (teoría que desarrollé en otro post). Y, al quedar excluido el ego, también queda excluido el tiempo. De manera que el ego cae en su propia trampa egotista y sólo puede alcanzar esa trascendencia que anhela pagando el precio de quedar anulado.

Cuando escribimos (o creamos, en general) no existe el tiempo, porque estamos en el reino del nacimiento y de la muerte, aquellos territorios donde o no tenemos conciencia del tiempo o bien éste pierde toda su relevancia. El encuentro con la hoja/ pantalla en blanco es un pequeño nacimiento donde damos a luz aquello que durante un cierto tiempo se gestó dentro de nosotros. Y es una pequeña muerte porque, una vez que esa experiencia sale de nosotros, su sentido original desaparece para poder investirse del sentido que le den otros.

Y ese encuentro entre el lector y el texto también es a su vez una manera de sortear los límites de la dimensión temporal.  Un texto, en tanto huella, puede hablar del tiempo, pero no lo contiene dentro de sí. La huella no tiene pasado, no tiene futuro. Es la cristalización de un presente que se actualiza cada vez que alguien adivina, intuye o construye un camino al verla.

Por eso, luego de haber lidiado durante el proceso de escritura con factores ingobernables (ese será tema de otro post), al llegar a la meta del punto final que le da cierre a una historia el escritor logra una victoria –pequeña pero eterna- sobre el tiempo. Ya puede levantar su pie del suelo y seguir adelante. Las arenas del arte pueden ser movedizas, pero las huellas que se dejan sobre su superficie son indelebles. Tanto da que el texto quede archivado en el disco duro o en un cajón. En cualquier lugar donde exista un texto, por más inédito y escondido que se encuentre, existe también un lector potencial.

No soy fan de Jaime Bayly, pero el domingo leí una columna que escribió en la revista de la diva profusamente fotografiada en su vestido azul “klein” y me sentí muy identificada con algunas de sus frases, en especial con un párrafo que tiene mucho que ver tanto con este post como con los anteriores de la serie “reflexiones literarias”. Lo reproduzco:

“Eso es lo bueno de ser escritor: todo lo malo que te va ocurriendo sirve para recogerlo y volcarlo en las novelas de una manera que te redima de esas miserias y esos pesares, todo lo que es malo en la vida acaso sea bueno para los emprendimientos artísticos, todo lo que te hace desgraciado te hará también, con suerte y si perseveras, menos tonto y dotará tu voz de una musicalidad única, singular, todos los que te han despedido y humillado son, quién lo diría, tus aliados impensados en el quijotesco afán de dejar una huella, algo que preserve una mínima belleza cuando ya no estemos.”

Si alguien quiere leer la columna completa, la encontrará en el siguiente link: http://www.revistasusana.com/1470525-cuando-cae-la-tarde.

Por último, sobre la foto: es de hace 4 años y me pareció que ilustraba bien este post. Forma parte de una serie de fotos destinada a un intento de contar en imágenes la canción “L’amoureuse” de Carla Bruni (en una versión muy libre). La locación es el pasaje Rivarola, un lugar ideal para tomar fotos. Por supuesto, la chica que aparece soy yo y la imagen está apaisada a propósito. Me pareció que de esa manera se lucía más el juego de la confluencia de las líneas rectas y el contraste con la curva del reloj.

Un beso

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