Bitácoras de la derrota

(reflexiones literarias VI)

Creo que, en los posts anteriores de la serie “Reflexiones literarias”, ha quedado claro que adhiero a la idea de que el arte nace de la experiencia y que, en cualquier caso, 1) la imaginación nos ayuda a re-crear esa experiencia y 2) todo lo que podamos imaginar se origina en aquello que hemos vivido. Y, por otra parte, que el hecho de haberle puesto el cuerpo a una determinada situación no se traduce de manera automática en una obra -más o menos- artística. La creación sólo es posible cuando podemos dejar fluir los trazos de la experiencia.

En ese acto, el cuerpo y el arte son indivisibles e indistinguibles. En la pintura o la escultura es muy clara la relación entre el cuerpo y el des-cubrimiento de algo que sólo comienza a hacerse evidente gracias a él. A la escritura, en cambio, tiende a atribuírsele un proceso de creación bastante más intelectual, en el que el cuerpo pasa a ser sólo un instrumento que permite plasmar en un soporte físico o virtual lo que la mente le dicta. Una misma frase puede ser escrita por cualquier persona y su sentido no se modificará; por el contrario, una pincelada sobre un lienzo es tan irrepetible como el ser que la trazó.

Sin embargo, soy de las que creen que el cuerpo interviene tanto en la literatura como lo hace en otras ramas del arte. En primer lugar, por la razón detallada en el párrafo de apertura de este post: lo que podemos expresar nace de una experiencia a la que en algún momento le pusimos el cuerpo. Y en segundo lugar, porque el momento de creación plena es equivalente a un estado de trance donde no existen ni el tiempo ni el espacio. Es decir, donde se impone la lógica del cuerpo por sobre la de la mente.

Según una corriente muy en boga hoy en día, deudora tanto de la filosofía zen como de la física cuántica, el tiempo es una construcción mental y –en tanto tal- sólo puede ser trascendida cuando aprendemos a dominar a nuestra caprichosa mente. Si bien el objetivo final en esa línea de pensamiento es poder lograrlo a voluntad, existe la posibilidad de que alcancemos ese estado sin buscarlo de manera consciente y sin que siquiera nos percatemos de ello. Una de esas maneras es a través de la creación artística, donde el cuerpo pasa a estar un paso por delante de las estructuras mentales que clasifican y estancan, en fragmentos limitados, un continuo de experiencia.

Quizás por esa presencia protagónica del cuerpo, creo que el ejercicio de desarrollar un texto literario tiene mucho que ver con una navegación en soledad. Navegar es una actividad donde el cuerpo está continuamente involucrado y, en muchos momentos, el instinto y los movimientos que el cuerpo aprendió a hacer suyos mediante la experiencia actúan antes que la mente. La escritura es un viaje individual que nace de percepciones singulares: no hay copilotos; el acto de manejar el timón es responsabilidad exclusiva de quien se enfrenta, de manera solitaria, a una hoja de papel o a la pantalla de su computadora.

Y, si consideramos que el arte en particular y la literatura en especial tienen más que ver con los hechos efectivamente vividos que con los imaginados, es tentadora la hipótesis de que cuanto más ingobernable el curso de la derrota –tanto en el sentido náutico como, a veces, en el coloquial del término-  tanto más interesante será la bitácora de viaje.

En el próximo post de la serie de reflexiones literarias, retomaré el tema de lo que -en mi humilde opinión y experiencia- ocurre al embarcarse en esa viaje que nace en un punto de partida concreto y se dirige a un punto de llegada inasible. Que es, a la vez, un punto de partida hacia otras travesías porque, como sostuve en un post anterior, creo que el arte es un viaje eterno.

Pero eso derá dentro de unos días. Creo que el próximo post lo dedicaré al tema del bricolage con cuero y a personalizar un par de botas.

Besos

PD. La foto que ilustra el post viene de la época en que hice el curso de timonel en el ACA. No tengo muy buenas fotos de esa experiencia… porque se supone que iba a aprender, no a sacar fotografías. Y debía comprometer mi cuerpo al 100%, así que de ahí nace mucho de la inspiración para este texto.

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