El gen Sherlock Holmes

En la entrada anterior, Flaubert meets Eckhart Tolle (título que reconozco suena bastante profano, pero es una licencia literaria que sé que me concederían los involucrados) comencé diciendo que todos los escritores tienen un tema central, que por supuesto surge de las experiencias que los marcaron en sus vidas. O, como la otra cara de la moneda, de la ausencia de ellas.

A veces un texto es demasiado comprometido y reconocer que en él hay experiencias propias pone a su autor en un lugar de vulnerabilidad. Por eso, frente a la pregunta de si una obra desnuda parte de la propia vida, creo que muchos escritores responderían que no.

Mentira. Nunca creeré en una respuesta de esa calaña. Conocí a algunos escritores en mi vida y considero que puedo hacer el identikit de esa raza. Mi teoría es que todo lo que escribe alguien en calidad de ficción tiene que ver con su propia vida. Y si no es con aquello que vivió directamente, lo es con cosas de las que fue testigo y por una razón u otra –a veces inconscientes, no digo que no- le parecieron lo suficientemente remarcables como para elaborar a partir de ellas una fantasía con esqueleto de realidad.

En mi caso personal, muchos personajes de las historias que estoy escribiendo son una especie de frankenstein con rasgos de muchas personas que conocí y me parecieron lo suficientemente meritorios –por virtud o defecto- como para ser contados. Es por eso que creo que en el fondo un escritor debe tener la habilidad de la observación y detectar cosas que para el ojo sin esa capacidad pasan desapercibidas. De ahí la anécdota (que muchos escritores sí confiesan) de que muchos pasajes, personajes y situaciones de obras nacen de encuentros o experiencias casuales que ha tenido quien finalmente los crea.

En general, todos los escritores que conocí son buenos observadores y si me someto al ejercicio de la odiosa comparación me doy cuenta de que a mí me falta bastante todavía en ese campo, a pesar de que considere que tengo una inclinación innata por observar a los demás y descubrir cosas profundas de otros a partir de la mera observación. Todos los que pretendemos escribir llevamos el gen Sherlock Holmes adentro. O, para hacerle honor a mi carrera, el gen de los hijos del rey de Serendipo. Vemos una mujer embarazada montada en un camello tuerto y sin un diente donde otros sólo ven un par de huellas en un camino con pasto desparejo.

Se podría reformular el concepto, entonces, diciendo que los que pretendemos escribir ya manejábamos de manera intuitiva aquello que en los claustros académicos se denomina paradigma indiciario o razonamiento abductivo (que, más que razonamiento puro, es una combinación de razón e instinto, o una manifestación del musement del que hablaba Charles Peirce). En realidad, la mayoría de las personas se guía por esos métodos en la vida cotidiana, sólo que algunas van más lejos que otras en su utilización, generalmente para lograr un aprovechamiento eficaz de recursos escasos. Si de casualidad alguno de mis lectores a su vez leyó, por ejemplo, La marca de la bestia de Aníbal Ford (un clásico de los estudiantes de comunicación, al menos UBA y al menos de mis épocas) lo sabrá.

Puedo, y voy a, seguir con este tema en mis próximos posts. Pero antes debo aclarar a todos los lectores que se acercan a este espacio interesados por la moda y la fotografía que, por supuesto, voy a retomar esos temas que son la esencia de este blog. Sólo estoy esperando a tener una mínima disposición para encararlos, cosa que espero ocurra en breve.

Besos

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