Flaubert meets Eckhart Tolle

Cuando hice mi curso de guión (y simultáneamente un seminario de guión de cine), reforcé mi creencia en dos cosas de las que ya estaba intuitivamente convencida: a) todo escritor tiene UN tema básico alrededor del cual desarrolla la mayor parte de sus obras y b) todo relato que se precie de tal cuenta –de manera explícita o solapada- una historia de amor.

Hace unos años tenía un blog –ahora caído en el abandono- llamado Crónicas Planetarianas, en una especie de homenaje a las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y a la vez como una forma de indicar que el contenido era 100% subjetivo y pleno de vivencias muy íntimas: las crónicas de mi universo. Releído a la distancia, ese blog me parece una especie de protonovela. Y en cierta forma en él desarrollé de manera sesgada esos dos tópicos, la historia de amor y mi tema central que estimo siempre va a estar presente en cualquier intento literario al que me dedique.

Muchos de los últimos posts que escribí en este blog son para mí como un déjà vu de Crónicas Planetarianas: las protagonistas son las palabras, no tanto las imágenes. Verlan Mode es otra vida, tiene otra identidad, otro objetivo y otra impronta. Pero, en este momento, mi estado de ánimo es más literario e intimista que fotográfico. Por lo tanto, aunque sea sólo por unos pocos posts, pido a mis lectores que me hagan el aguante y sepan comprender que me aleje un poco del tema moda y de las crónicas de salidas.

En los últimos días estuve releyendo un libro de Bourdieu que recomiendo mucho a quien se dedique a escribir y no lo haya leído: Las reglas del arte – Génesis y estructura del campo literario. El texto se estructura básicamente alrededor de Flaubert y del análisis de una de sus obras principales: La educación sentimental.

Podría compartir muchas reflexiones que me inspiró hace muchos años cuando lo leí por primera vez, y me sigue inspirando, el libro de Bourdieu. Pero la que viene a cuento en este momento (donde quiero reflexionar acerca de lo que para mí implica y significa escribir) es una nacida en un pasaje donde Bourdieu hace referencia a una carta escrita por Flaubert a un gran amigo, Ernest Feydeau. La esposa del último agoniza y Flaubert expresa que los artistas son como los gladiadores: entretetienen a los burgueses con sus agonías, aunque estos en su insensibilidad no se den cuenta de esa ironía.

Poco después, la esposa de Feydeau muere y Flaubert le escribe una nueva carta donde sostiene que él sabe que el dolor es un placer y que uno disfruta de llorar pero que, a la vez, el alma se va disolviendo en el proceso y el espíritu se corroe en ese mar de lágrimas. Que el sufrimiento deviene un hábito y una manera de ver la vida que la vuelve intolerable.

Aquí, antes de continuar con la carta, debo hacer un paréntesis y decir que en ese párrafo tuve la fuerte sensación de estar leyendo al padre putativo de Eckhart Tolle anticipando sus teorías del cuerpo-dolor (resumiendo mucho la idea para quienes nunca hayan leído a Tolle, el cuerpo-dolor es -según él- una entidad asociada al ego que siempre busca sobrevivir y se nutre del dolor que sentimos, por eso nos incita de manera inconsciente a regodearnos en el sufrimiento). Y, hundiéndome en el océano de mis conjeturas e hilando más fino, no sé si no hay algo de ese concepto en el libro Le Horla de Guy de Maupassant, una especie de protegido de Flaubert (al menos durante un tiempo).

Retomo el asunto de la carta, donde unas líneas más adelante Flaubert le suelta al pobre de Feydeau una sentencia rimbombante: la gente como ellos debe adoptar la religión de la renuncia a la esperanza; ponerse a la altura del destino, lo que significa ser impasible como él y aceptar las cosas tal cual son. Y, para el artista genuino, hay un imperativo categórico que se desprende de lo anterior: hay que seguir adelante porque hay obras que deben ser creadas.

En definitiva, siempre de acuerdo a esas palabras, el artista crea a través de sus experiencias -en el caso testigo, la del dolor- pero sólo a condición de poder abstraerse de ellas y mirarlas desde otra perspectiva, casi como si no le hubieran ocurrido a uno mismo. Quizás por esa razón Flaubert pudo retratar con tanta fidelidad, sutileza y variedad de matices el mundo burgués.

Planteada esta introducción, en el próximo post me voy a ocupar de mis propias sensaciones respecto a la experiencia de escribir.

Besos

PD. Si a alguien le interesa leer las cartas mencionadas, pueden encontrarlas (en francés) en el siguiente link: http://flaubert.univ-rouen.fr/correspondance/conard/lettres/59b.html

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