El lugar donde todo empezó

Algo por el estilo

Si bien Verlan Mode no fue mi primer blog, acompañó una etapa trascendental de mi vida y es por eso que le tengo mucho cariño. Fue, de muchas maneras, el espacio que me ayudó a adquirir la disciplina imprescindible para tomar la escritura como lo que, en esencia, es: un oficio.

Por eso, hoy que emprendo un nuevo proyecto para complementar mi sitio web oficial, http://www.arianariccio.com, era menester presentarlo en este espacio tan amado.

Sin mayores preámbulos, mi nuevo blog se llama www.redaccionycorreccion.com y su nombre (hola, SEO) deja muy poco oculto tras los siempre seductores velos del misterio.

En caso de que alguno de mis lectores históricos pase por aquí, lo saludo con esa complicidad con la que se saluda a los viejos amigos, a esos a los que no es necesario explicarles nada. Y los invito a darse un vuelta por ese nuevo espacio, en el que siempre serán bien recibidos.

Y en el caso de lectores que aterricen aquí por primera vez, les cuento que en ese nuevo espacio hablaré de temas relacionados con la redacción y corrección -claro- de textos y, también, de mis experiencias como profesional freelance.

Los espero.

Y, en algún momento, quizá no tan lejano, volveré a este gran amor.

PH: Jason Briscoe – Unsplash

4. Piloto automático (3.0)

Cuando nos sentamos frente a un elemento con el que debemos interactuar para llegar a determinado destino, ¿cuál sería la gracia?

La de ser nosotros quienes realizamos las acciones necesarias para llegar a ese destino. Volantes, manubrios, botones, herramientas de GPS varias; todo, absolutamente todo, debe responder -e integrarse- a las decisiones de nuestro cuerpo.

Aunque nos subamos a un auto, a una moto o a una bicicleta para recorrer dos cuadras que, salvo excepciones extremas, podríamos hacer a pie.

Creo que no es solo la comodidad la fuerza que mueve al ser humano en esos casos. Es una fuerza mucho más poderosa que la mayoría de la sociedad busca como una droga: la sensación de poder. Incluso la de un poder sujeto al dominio de elementos cada vez más fáciles de controlar, incluso si esa experiencia dura solo cinco minutos.

El poder, como bien saben quienes lo hayan detentado aun en la más mínima de las escalas, es una sensación de las más adictivas que existen.

No me refiero al poder sobre nosotros mismos, sino al que se ejerce sobre un elemento o sobre otros. La situación ideal sería que la condición primera del ejercicio del poder sobre otros fuera lograr tener poder dentro de (sobre) nosotros mismos.

Pero la realidad dista mucho de la perfección y, cuando ambos hechos no coinciden, estamos frente a una alta probabilidad de ocurrencia de accidentes de diversa índole.

Cuando esos accidentes se generan, más allá de los daños a terceros y las consecuencias derivadas de ello, los afectados somos nosotros mismos, en varios niveles. El que está en la base de los demás es el de reconocer que, aunque más no sea por un período muy corto de tiempo, ese delicado equilibrio que mantiene al poder en nuestras manos falló. O, lo que es más doloroso de descubrir, que nuestras manos no contenían ningún poder sino que estaban atadas por él, con esa maestría que solo él, con sus infinitos mecanismos de manipulación, puede alcanzar.

El poder, como la vida, excede al ser humano y es una fuerza que -incluso al ser bien manejada- siempre puede volverse en su contra. Es parte de su encanto y componente inseparable de su cualidad adictiva.

A veces, en sentido literal o figurado, sufrimos un choque con un vehículo sobre el cual creíamos tener poder. Si la fuerza de ese choque nos deja fuera de circulación por un tiempo, de ese hecho pueden derivar una variedad de efectos.

Uno de ellos es el de perder interés en conservar ese poder que creíamos tener sobre algo. El precio que nos cobró por hacer usufructo de él (porque nunca fuimos sus dueños) es tan alto, que ya no nos interesa seguir pagándolo.

Tampoco podríamos hacerlo, aunque quisiéramos.

Pero la deuda nunca se salda del todo y los intereses siguen corriendo. Y muy, muy pocos leen la letra chica de ese contrato. Que todos, por el solo hecho de movernos en esta sociedad, firmamos, aunque sea de manera tácita. O, en los casos más extremos, aun contra nuestra voluntad.

En el momento en que escribo esto, siento que ya no me interesa ejercer ningún tipo de poder. El vehículo sigue andando para no afectar a otros e intento hacer maniobras para hacer ver que sigo un rumbo cuando sé que, en definitiva y en este contexto, ya nada depende de mí.

En última instancia la duda más triste es si la de eso que llamo intento no es en el fondo otra cosa que un simulacro del que ni siquiera yo soy consciente del todo.

3. Muñeca (3.0)

 

Había una vez una niña a la que le decían muñeca o, más familiarmente, muñe.

La vestían como muñeca, la peinaban como muñeca, la trataban como muñeca.

Y eso que parecía piel era, en verdad, maquillaje. Un maquillaje que no se compra en ningún lado, antes de que pregunten.

Es que el sistema es tan omnipresente que nos reviste de diversas maneras para que pertenezcamos a él. Y es por eso que es imposible escapar de este sistema mientras estemos en este mundo. Estar “fuera del sistema” es una falacia, al igual que la de la “porcelana fría”.

No. La porcelana no es fría y, aunque suene contradictorio, se quiebra y resquebraja tanto o más que el hielo.

Por eso, cuando las muñecas como la de esta historia crecen, tienen su verdadero cuerpo rajado y pegado con esmero, algunas veces con éxito y otras no. El maquillaje, con el paso del tiempo, se atenúa o desvanece y las fracturas se hacen visibles, de una manera u otra.

Como una de esas tantas niñas que en algún momento fueron tratadas como, vestidas como, peinadas como y llamadas muñeca, también mi verdadera piel es la porcelana y lo que ve el resto de la gente es solo un recurso impuesto que, en ocasiones, deja ver sus hilos a su antojo.

Alguna vez tuve un novio fotógrafo y le dije que quería que me hiciera una foto tirada en el suelo, vestida como muñeca, con la piel muy pálida y líneas pintadas en negro que revelaran los quiebres ocultos. Al día de hoy sigo pensando que ese sería mi verdadero retrato.

Pasó el tiempo, esa fotografía no se tomó y los rasgos infantiles que hubieran hecho esa composición verosímil se desdibujaron.

Pero hoy, en Uruguay, soy esa muñeca tirada en el piso y quebrada tras su caída. El revestimiento se incorpora y camina como ser animado. El alma oculta bajo la porcelana quizá se fugó a través de los huecos hacia un lugar que desconozco y al que -sospecho- no tengo acceso.

Como buena muñeca quebrada, me siento en ese limbo que está entre la vida y la muerte y que decantará hacia un lugar u otro con el paso del tiempo. Y, a pesar de que nunca fue tomado, veo ese retrato que le había pedido a ese fotógrafo con una nitidez superior a la de aquel momento en que lo imaginé.

A los lectores que me siguen o han leído aunque sea de manera ocasional no es necesario explicarles nada. Tanto a ellos como a los nuevos lectores los invito a apoyar mi proyecto independiente visitando -y difundiendo si conocen interesados en esos servicios- mi sitio www.arianariccio.com y/o dando like a mi página de FB, www.facebook.com/artextos.

Porque, cuando algún lector llega hasta acá es porque nos conocemos mucho y no hay demasiado que explicar.

2. Under pressure 3.0 (versión personal)

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(to care for the people on the edge of the night)

Medianoche del 14 de febrero, me arranco (con cierta elegancia que intento no perder ni en los peores momentos) el extremo de la sonda que tuve -por primera vez en mi vida- conectada en el brazo hace unas horas.

Y sangra, sangra mucho, demasiado.

Aún anestesiada (no por ninguna sustancia química, sino por el dolor) me pregunto por qué odiosa razón me dieron el alta con ese injerto puesto asumiendo que yo tendría la experiencia o la asistencia como para retirarlo.

Gracias, querida doctora iniciales IQ por haber confiado tanto en mis habilidades médicas, sin siquiera saber que varios meses de mi vida los pasé transitando pasillos de hospitales y aprendiendo de manera informal muchas cosas.

Pero no esta.

La sangre cae como una intensa lluvia de verano de esas que en Maldonado no están ocurriendo y, con cada gota, sangra mi alma también.

Diez horas antes de ese suceso. estoy encerrada en un baño llorando porque me negaron la constancia de trabajo para un apartamento que, al momento, ya había señado. Es claro que no lloro solo por eso. Es por la presión de la mochila de las ilusiones propias y ajenas (me hago cargo; en especial las propias), más pesada que cualquiera de las que haya llevado en cualquier viaje en mi vida. Lloro porque mi cuerpo no está bien nutrido, porque no encuentro contención alguna en mi espacio laboral -yo, que siempre me caractericé por ofrecerla aunque luego me clavaran puñales en la espalda-, porque las distancias que tengo que recorrer a diario me agotan y porque nadie, en absoluto nadie, sabe lo que me estoy jugando en esta apuesta que, a partir de esa media hora, resulta ser una ruleta rusa.

Lloro porque nadie golpea la puerta del baño durante esa media hora a pesar de que es evidente que estoy llorando y hay una situación que me angustia. Mis lágrimas son la premonición de lo que serán las gotas de sangre diez horas después: caen y caen sin cesar. Lloro porque sin esa constancia veo perdidos la seña y el apartamento que tanto me costó encontrar.

Lloro, y tomo una pastilla para los nervios. Y una hora después me pinchan con la sonda -que luego tendré que arrancarme sola- en una guardia.

Eso podría solo ser una anécdota, porque por algo lo estoy contando, aunque no le deseo a nadie vivirlo.

Con el alta dada, lloro por lo que ocurre en el después. Hago el duelo por la muerte de ese resto de capacidad de sorpresa que ya creía perdida por todas las cosas vividas en esta intensa existencia. Lloro por la la falta de tacto, de empatía, por la incapacidad de ponerse en el lugar de otro y comprender todas las renuncias y todos los sacrificios implicados en comprar un viaje que me habían vendido como soñado.

Supongo que la ingenuidad es una característica que jamás perderé del todo, pero a la vez hay un antes y un después de esta experiencia, que nunca podrán comprender los que no la hayan vivido. Por eso, a partir del 14 de febrero soy un poco más misántropa y bastante más selectiva con la gente que me rodea. Hay momentos cruciales en la vida y este fue uno de ellos. Al fin y al cabo devota creyente del timing, quien no estuvo cuando tenía que estar, ya no tiene sentido que esté.

Es un duelo amplio, en todos los sentidos.

Como una de las tantas consecuencias de este hecho, decidí profesionalizar lo que ya venía haciendo de manera más informal en cuanto a corrección y redacción. Si necesitan esos servicios o saben de alguien que los requiera, agradeceré la difusión de www.arianariccio.com.

Y para los que viven en Uruguay, también agradeceré la difusión de otro proyecto en el que participo: Soluciones de Punta.

PD. La “versión profesional” de esta historia puede ser leída en arianariccioblog.wordpress.com.

 

 

1. El eterno retorno (3.0)

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Mi primer día de trabajo en Uruguay, la primera vez que viví allí, fue en febrero.

Nunca podré olvidar que llegué sin alojamiento (era la semana de carnaval, que rivaliza cabeza a cabeza con la de “turismo” en ese país).

Recuerdo como si hubiera sido ayer llegar Tres Cruces –mi no tan querida terminal de micros de Montevideo aunque concedo que, puestos a elegir, la prefiero a Retiro-  un domingo y tener que empezar a trabajar un lunes, sin alojamiento alguno para dormir.

Recuerdo estar en el cyber de Tres Cruces preguntando a los escasos conocidos que tenía en ese entonces si disponían de una cama y recuerdo no tener disponible en mi tarjeta de crédito (solo tenía una, al igual que ahora – detesto las tarjetas de crédito, aunque en el mundo capitalista sean un mal necesario). Malas condiciones para alquilar una habitación pero al día de hoy sigo creyendo que más por causalidad que por casualidad, un hostel de Ciudad Vieja se apiadó de mí y me dio una cama, por dos días.

Recordaré, siempre recordaré, que comencé a trabajar un lunes de carnaval y solo conseguí un taxi para viajar (imposible ver un colectivo), que me llevó a través de una ciudad fantasma y, por ese entonces, desconocida. Poco podría imaginar en ese momento que la tendría que patear desde sus alturas –el popular y temido Cerro- hasta los suburbios más distantes a los coquetos Pocitos y Punta Carretas.

Imposible olvidar el recuerdo pregnante y acaso metafórico de la rata que se cruzó frente a mí en aquel primer lugar donde trabajaría. Ratas que descubriría luego también, nobleza obliga, en el monono Punta Carretas, que para mí no podrá dejar de ser nunca Punta Carratas. Y ratas que, por supuesto, son habitantes vitalicias de Punta del Este.

Recuerdo que al tercer día de esa primera vez en Montevideo, ya sin alojamiento, me alojó en una mansión de Carrasco una mujer de apellido tradicional de ese lado del río a la que recurrí como última opción, ya que la había conocido en el TEDx Montevideo 2012 y, estando juntas en la fila, nos sentamos juntas en un palco de Teatro Solís y escuchó toda mi letanía de lo mucho que quería vivir en Uruguay. Intercambiamos datos y terminé en un lugar que de ninguna manera hubiera podido pagar en ese momento.

Un par de días después fui a dar a un hostel cercano a mi trabajo pero sin un peso para pagarlo. Me permitieron saldar mi deuda cuando cobrara mi primer sueldo. El hostel era un desastre, pero siempre agradeceré ese gesto.

Claro, era Montevideo. Y, al fin y al cabo, eran otras épocas. Y también yo era distinta.

Hoy, febrero de 2018, con un Uruguay inundado de argentinos – a diferencia de lo que ocurría en esos moamentos- las cosas cambian. Puedo tener residencia permanente, puedo tener cédula uruguaya (ya no la verde, la que tiene chip), puedo tener conocidos e incluso amigos. Pero el tema alojamiento resulta bastante más complicado que en ese ahora lejano 2013, cuando no éramos tantos los argentinos que nos animábamos a Uruguay.

En medio de la incertidumbre de encontrar alojamiento, en medio de la incertidumbre de reunir la plata para el depósito para alquilar un apartamento hasta diciembre en Punta del Este, solo tengo una certeza que me da satisfacción y que diría es la única que tiene la potencia suficiente para marcar una diferencia entre los cinco años que separan aquella primera vez de este intento detrás del cual mucha agua ha corrido en ese río que separa ambas orillas. Tanto en lo material como en lo simbólico.

Esa modesta y a la vez valiosa de la certeza es la de que todos los uruguayos que conocí en mi camino fernandino hayan respondido mis mensajes de esta segunda vuelta a Uruguay. Para ayudarme o para desearme buena suerte con ese cariño que te hace pensar en que alguna vez, en alguna interacción que tal vez olvidaste, les causaste una buena impresión. Esa que les hizo tomarse el tiempo –el bien más preciado que tenemos- para responderte-.

Puedo tener muchas dudas en este regreso a Uruguay. Pero esa, mi única certeza, me genera una satisfacción que nada de lo que pueda suceder en este retorno podrá borrar.

 

 

0. En la vuelta, 3.0

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¡Hola!

Tanto tiempo, a los lectores que aún pasen por acá.

Les quería contar que vuelvo -no sé por cuánto tiempo: puede ser un mes o pueden ser varios- a vivir en Uruguay, con más precisión en Punta del Este. De manera que iré actualizando el blog con nuevas historias.

Por otra parte, les quiero pedir a quienes lleguen acá que si saben de un alquiler en Punta del Este o Maldonado (zona céntrica) me pasen por favor los datos. Es para mí sola, pero si pudiera compartir para achicar gastos me gustaría también.

Además, les cuento que creé en Facebook un grupo para mujeres (de cualquier edad) que piensen vivir -por el tiempo que sea- en Punta del Este o Maldonado, o ya lo estén haciendo. El objetivo es colaborar entre nosotras y son bienvenidas todas las que se encuentren en esa situación.

Nos estamos leyendo.

20 (2.0). Y nos conocemos mucho

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Lunes 11 de febrero de 2013, estoy sentada en el locutorio de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces. Es un momento de incertidumbre: mi viaje puede acabarse justo en este anhelado momento en que está comenzando. Miro hacia afuera y veo a toda esa gente que deambula, sin cesar, por los pasillos. Gente que abandona Montevideo por el feriado de carnaval y gente que llega justamente por eso.

Pero todos ellos, intuyo, tienen algo en común. Tienen eso a lo que el mundo, para mí, se reduce en ese instante: un lugar para dormir y alguien que los reciba, sea por cariño o por los eficaces oficios de una tarjeta de crédito.

Martes 12 de enero de 2016, estoy sentada en el patio de comidas de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces y no puedo evitar recordar esa tarde que daría inicio a los tres años que pasé en Uruguay. Al igual que en ese momento, no tengo un lugar donde dormir esa noche.

De hecho, tampoco lo tenía anoche.

…………………

Doce horas antes de ese momento, estaba sentada en la misma mesa del patio de comidas. Sin llave para entrar a la casa donde estaban mis cosas -sólo llevaba consigo mi documento argentino y unos doscientos pesos uruguayos- y sin la dueña de esa casa presente.

Pero como siempre sucedió a lo largo de estos tres años, siempre aparece la red justo en ese momento en que me estoy por estrellar contra el piso. De hecho, esta vez, sentí el olor del suelo con una vividez tal que podría reproducirlo nota por nota, si alguna gran firma internacional me quisiera contratar para crear ese perfume.

Sí: entre todos los títulos que conquisté durante estas (más de) mil y una noches, también tengo ese. Soy nariz de suelos. Y tengo muy poca competencia a nivel mundial.

Dos horas después de ese momento estoy, en muy agradable compañía, en Negroni, comiendo una pizza ya no recuerdo con qué ingredientes y bebiendo no sé qué trago, a pesar de que recuerdo que -como siempre- fue elegido con esmero. Ocurre que a veces la historia es tan fuerte que el decorado y la utilería pasan a un segundo plano.

Recuerdo estar sentada en una mesa de la vereda mirando a la gente del restaurante que se encuentra justo enfrente y retrocediendo casi tres años en el tiempo, a mis días ahí y a las historias brillantes y oscuras que suceden puertas adentro y los comensales nunca conocerán.

Recuerdo las lágrimas que lloré sin cesar cuando mi anfitriona de esos días de enero de 2016 me comunicó que no regresaría a su casa esa noche y que, por lo tanto, yo quedaba en libertad de hacer lo que quisiera.

Recuerdo lo difícil que es pensar con claridad cuando sentís que te sueltan la mano y te sentís tan sola y desamparada como cuando recién llegaste, antes de que el bar donde estoy sentada fuera siquiera construido, antes de poder imaginar que trabajarías en el lugar que está enfrente y de que allí aprenderías cosas que nunca hubieras soñado, antes de aprender que la confianza te salva en ocasiones y en otras te conduce a abismos como este.

Recuerdo a la persona que tejió los hilos de la red que me rescató esa noche y a la que siempre le estaré agradecida por su generosidad y caballerosidad.

Recuerdo que lo primero que hizo esa persona cuando crucé la puerta de su casa fue abrirme la ducha para que pudiera tomar un baño caliente que me sacara las lágrimas del cuerpo, y dejarme una copa de vino en la mesa de noche del cuarto de invitados para que las lágrimas del alma -que se siguen derramando cuando las del cuerpo ya han cesado- pudieran brindar por el elegante don de la oportunidad de las causas y azares del destino.

………………..

Pero ahora, después de la ducha caliente, la copa de vino, la gran vista de Montevideo desde un apartamento cercano al Golf y el desayuno amable, estoy sentada nuevamente en un banco frío de la terminal de Tres Cruces, esperando escuchar el ábrete sésamo que permite que las llaves de la casa donde me esperan mis cosas se abra y yo pueda rescatarlas y llevármelas lo más lejos posible de ahí.

Es una sutil ironía que mi ciclo de vida en Uruguay termine donde empezó y que el lugar sea, una vez más, aquel de donde partí. Pero, como escribí hace poco, ese espejismo circular es falaz: el punto de partida parece coincidir con el de llegada, pero existe una distancia infinita entre ambos.

Y, por otra parte, como bien saben mis lectores, en estos tres años adquirí esa odiosa costumbre de aprender a convivir con la sutileza de la ironía, que sabe ejercer el sarcasmo con una delicadeza en la que ningún ser humano fue, es, ni será jamás, tan diestro.

……………..

Me siento en un banco justo enfrente del Emporio de los Sandwiches. Se sientan y se van señoras que compran postres a los que devoran como si fuera su último día, entran al local teenagers mochileras que compran comida como si ese que inciarán en minutos fuera el último viaje que van a emprender. Y llegan a mi celular mensajes que me recuerdan que la vida es un ciclo y que todo puede renacer cuando parece estar a punto de morir.

Con cierto olvido del don de la empatía, unas horas después llama también mi (ex) anfitriona y -al fin- puedo rescatar mis cosas de un entorno que en ese momento fue hostil y hoy ni siquiera forma parte de mi vida; sólo de mis recuerdos y sólo a efectos de escribir, que es lo único que me importa en este momento y lo que me permite seguir viviendo porque la escritura es mi única compañía incondicional y eterna.

………..

Jueves 4 de febrero, estoy sentada en mi casa en Buenos Aires. Han pasado muchas cosas en el medio: Después de un viaje horrible (no existen otros adejtivos para calificarlo) que se extendió desde el 19 de diciembre al 14 de enero, donde todo lo que podía salir mal salió mal (no existe una manera más pura y dura de describirlo), tuve la oportunidad de despedirme de Uruguay de una manera más grata.

Pude tener, por casi una semana, una estadía mucho más grata donde pude equilibrar energías y estar finalmente de vacaciones en mi lugar en el mundo, Punta del Este.

Como ya se dejaba vislumbrar en mi anterior entrada, he decidido volver a Buenos Aires. Es una decisión ambivalente: por un lado, siento que Uruguay -por el momento- ha cumplido su ciclo. Por otro lado, siempre se extraña a un gran amor, y siempre es difícil dejarlo, a pesar de la convicción que sustente nuestra elección.

Pero hay una luz que hace mucho más acogedor este túnel de un final cuyo paisaje que -como a todos, al fin y al cabo- me resulta esquivo. Este año verá esa luz el libro que reunirá todas esas historias vividas en Uruguay. Todas aquellas que fueron narradas en este blog y muchas de aquellas que no conté y que permitirán ver el conjunto bajo una nueva perspectiva.

Mi objetivo es que el libro se edite (por supuesto, será una edición de autor) para octubre o noviembre, porque lo quiero presentar antes de fin de año, tanto en Buenos Aires como en Uruguay. Todos los lectores históricos estarán invitados y me encantaría contar con su presencia porque, después de todo,

somos pocos y nos conocemos en mucho. Casi igual a lo que ocurre en Uruguay.